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Un milagro
| Un milagro escrito por Ricardo Fernández Guardia |
| Publicado en el libro « Literatura costarricense - Antología y biografías » del año 1938 ~ Ortografía original.~ (1) |
Si la afición a las bebidas fuertes es parte de nuestra herencia indígena, no así el vicio del juego. El indio americano no era codicioso ni avariento, ni conocía la manera de ganar o perder riquezas interpelando la suerte. En los días lejanos de la conquista nunca pudo explicarse el afán con que el español buscaba ese metal amarillo, que a él sólo le servía para labrar ídolos, extrañas joyas y algunas veces hachas. A la dosis de sangre caucásica que corre por nuestras venas debemos los hispanoamericanos la pasión de la baraja y los dados. El Asia parece haber sido la cuna de los juegos de azar. En las tumbas egipcias de la más remota antigüedad se han encontrado los pequeños cubos de cuya invención se envanecían erradamente los griegos. Con delirio los amaban los romanos y todos saben que sirvieron para jugar la pobre ténica del Redentor. La España de la Edad Media no era menos inclinada a los dados, como lo prueba el Ordenamiento de las Tafurerías del rey don Alfonso el Sabio, y ese país fue el primero de Europa en que se conocieron los naipes. Los conquistadores trajeron a América los demonios de la codicia y del juego. Cuentan las historias que aquellos hombres rudos, de músculos de acero y corazón de bronce, se disputaban el fruto de sus rapiñas con hojas de árboles convertidas en cartas. Llenos están los archivos coloniales de papeles que relatan sucesos ocurridos en torno del tapete verde, y por ellos vemos que hasta los eclesiásticos desafiaban las iras de la excomunión mayor con el cubilete y los cartones en las manos.
Este preámbulo de erudición barata, no tiene más objeto que traer a cuento a un caballero de antaño, para quien no tuvo secretos ningún juego de envite. En su niñez ganaba y perdía cigarrillos, granos de cacao y golosinas a la taba, al chócolo y las cuepas,- robando muchas horas a la escuela, donde la palmeta del maestro suplía las deficiencias del método educativo.
Apenas adolescente fue iniciado por cierto amigo en los misterios de las paradas y las pintas: pero tan sólo crueles experiencias personales le enseñaron a guarecerse de las trapacerÃas del dado cargado y de su hermano el dado fiera. El monte y el faraón no eran para él menos gratos que los huesecillos de seis caras y los gallos. En cuanto a la malilla y la lotería las miraba con desdén, juzgándolas esparcimientos propios de viejas desocupadas y maldicientes y pretextos para beber chocolate.
Con la frecuentación asidua de cuantos garitos y fulleros había en Alajuela. su ciudad natal, más la pérdida de quinientas onzas, adquirió un saber y una maestría que ciertamente no estaban por demás en una época en que el juego era ocupación predilecta de muchos caballeros, de los cuales no pocos tenían la mala costumbre de corregir la suerte.
Los ojos negros v el corpino repleto de una doncella linajuda lo distrajeron hacia los treinta años de su vicio favorito; pero cuando la prosa de la vida convugal hubo disipado en él la embriaguez del deseo, olvidó las promesas de enmienda que le exigieron para concederle la manecita y demás encantos de su novia. Una noche llegó a las once, disculpándose con que se había entretenido en el billar, juego inocente si los hay: tres días después entró a las doce y hubo lágrimas, sollozos v recriminaciones, que sólo pudieron acallar solemnes juramentos para lo futuro: pero no había transcurrido un mes, cuando la desdeñada esposa pasó la noche sola. Desdeentonces esta fue la regla en aquel hogar, del que una pasión innoble había desterrado el amor.
Sin parar mientes en la amenaza que se cierne sobre la cabeza del marido que descuida una mujer joven y linda, torturada por el despecho y el recuerdo candente de una felicidad desvanecida, pasaba las noches en claro el empedernido jugador con notable perjuicio de su salud y hacienda. Ni los ruegos de su atribulada consorte, ni los amargos reproches de una suegra justamente irritada, ni las reflexiones de sus amigos verdaderos, lograron desviarlo del abismo de perdición en que cada día se iba hundiendo más y más. « Sólo un milagro puede salvar a ese hombre, capaz de jugarse hasta la camisaa », decían las buenas gentes, y un milagro lo salvó, si hemos de dar crédito a personas respetables, al parecer enteradas de las cosas sobrenaturales, que yo por mi parte confieso que poco o nada entiendo.
Es el caso que una noche acudió el caballero, como de costumbre, a cierta tahurería que era en aquel entonces el centro de reunión de los jugadores más adinerados de Alajuela. La concurrencia habitual se había aumentado con la llegada de unos ganaderos ricos que traían sendas talegas llenas de oro, producto de la venta de sus reses. El juego no tardó en encandecerse: las paradas crecían a medida que se iban acalorando los contrincantes: las monedas circulaban en la mesa redonda con un ruido siniestro acompañado del choque sordo de los dados en el cubilete de madera y de las voces alteradas de los tahures; las caras palidecían, los resuellos se cortaban, y los dedos, agitados por un temblor febril, tenían crispaciones de despecho o caían estirados con avidez sobre la presa codiciada. El caballero, que en achaques de juego sabía tanto como el famoso Vilhán, permaneció impasible y en acecho de una buena coyuntura. Estuvo capeando la adversidad con mucha maña hasta las dos de la madrugada, hora en que una serie de suertes le hizo dueño de una buena parte del dinero que había en la mesa. Entonces, a fuer de hombre precavido y familiarizado con las veleidades de la fortuna, emprendió la retirada con gran disgusto de los perdidosos: pero como era bien sabido que no aguantaba pulgas, lo dejaron ir sin chistar.
Al salir respiró con deleite el aire puro y fresco, después de larga permanencia en la atmósfera de la sala de juego, viciada por el aliento humano y las emanaciones fétidas de una lámpara de petróleo. Contento y satisfecho se dirigió a su casa, sintiendo el agradable peso de las monedas que llenaban sus bolsillos. En medio del cielo transparente la luna se destacaba como un disco de azogue, bañando la ciudad dormida con su luz misteriosa y pálida en el gran silencio de la noche, que sólo rompía el paso firme del jugador afortunado.
De pronto, al llegar a una bocacalle, vio dibujarse una silueta femenina sobre la blancura de una tapia enjalbegada. En aquellos tiempos, una mujer sola en las calles de Alajuela, a las tres de la mañana, era un hecho tan extraordinario, que el caballero hizo un ademán de sorpresa y se detuvo un instante: pero luego, impulsado por la curiosidad, se fue siguiendo los pasos de la desconocida, tal vez con la esperanza de que la buena fortuna que lo acompañaba aquella noche le deparase algo más poético que las onzas de los ganaderos. Enardecido por tan grata perspectiva, apresuró el paso para dar alcance a la mujer, lo que no era fácil, porque ésta avanzaba rápidamente con un leve susurro de faldas que era una provocación. Observó que vestía el traje popular, y del garbo de la figura y la agilidad del andar dedujo que era joven. El rebozo, puesto sobre la cabeza, ocultaba las facciones, pero este detalle era un incentivo más para el enamorado perseguidor, que ya se imaginaba ver salir de aquel tapujo una carita seductora con grandes ojos negros.
La tapada siguió su camino sin volver la cabeza ni darse por entendida de la solicitud de que era objeto, y el caballero no tardó en notar que, por más que había alargado el paso no disminuía la distancia que de ella lo separaba. Empeñado en una aventura que sin saber por qué lo atraía de modo singular, se resolvió a romper por todo echando a correr en pos de aquella hembra, que bien podía ser fea y desagradable. Comenzó entonces una persecución encarnizada. El caballero corría con toda la presteza de sus piernas vigorosas, pero corría en vano, porque no ganaba terreno sobre la fugitiva y ya las fuerzas comenzaban a faltarle. En medio de su carrera loca le asaltó de pronto el presentimiento de algo extraño y terrible, y tuvo un escalofrío al reparar en que la postura de la mujer no era la de una persona que corre. Erguida, sin ninguna moción visible, se deslizaba veloz como la sombra de una nube que arrastra el viento. Por la mente del jugador cruzó el recuerdo de todas las consejas que había oído en su niñez y sus piernas vacilaron: pero recobrándose en seguida hizo un esfuerzo desesperado y dando saltos enormes llegó tan cerca de la fugitiva, que alargó el brazo para echarle garra. En el mismo instante ésta dobló una esquina y desapareció... El caballero se detuvo jadeante, con los cabellos erizados de terror y la sangre helada en las venas.
Luego se repuso y buscó la puerta por donde hubiera podido meterse la mujer. En una distancia de treinta varas no había ninguna, y su espanto va no tuvo límites al reconocer el sitio donde estaba. Era exactamente el mismo en que por primera vez había divisado la silueta femenina destacándose sobre la blancura de la tapia que la luna alumbraba de lleno. ¿Cómo podía ser esto, después de haber corrido tanto en otra dirección? El hecho era inexplicable, pero evidente, y lo atestiguaban todos los objetos de los contornos con su silencio pavoroso. El jugador sintió agitarse las alas del ángel de la muerte y. dando un grito ronco, se desplomó sobre el suelo.
Gentes madrugadoras lo llevaron por muerto a su casa, donde los activos cuidados de un médico y de su mujer consiguieron volverle al mundo de los vivos; pero aquel hombre, que no era ningún cobarde, que había peleado bizarramente contra los veteranos de Morazán en 1842, que estuvo en El Arroyo con don Juan Alfaro Ruiz, en El Sardinal con don Florentino Alfaro y en la trinchera de Angostura con el General Cañas, no volvió a tocar un dado ni una carta en el resto de sus dÃas, que fueron muchos y felices.
Con el oro de los ganaderos compró una hermosa túnica para el Nazareno de la parroquia, y éste pagó el obsequio colmando de hijos a la esposa del jugador arrepentido, que desde aquella noche nunca durmió sola.
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