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Un soñador
| Un soñador escrito por José Pardo |
| Publicado en la « Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales » ~ Ortografía original. ~ (1) |
Murió ignorado. Allá, en el humilde cementerio de su pueblo y bajo la blanca losa de mármol donde está grabado su nombre querido, descansará seguramente su cuerpo de las batallas que el mundo ofreció á su temperamento exquisito.
Fué mi amigo íntimo. Bajo su frente pensadora se adivinaban los destellos del talento, y en sus ojos claros brillaba la chispa recóndita y misteriosa de los soñadores.
No fué comprendido, y por eso no se atrevió á salir del rincón oscuro de su aldea. Él amaba sus cenicientas serranías, y a la sombra de sus árboles, oyendo el rumor de las aguas de los torrentes, pasaba las horas más gratas y tranquilas de su existencia.
Sus labios pálidos solían entonar de vez en cuando esos cánticos melancólicos de la campaña, y en esos cantos tristes, remedo de su alma enferma, dejaba vislumbrar las ansias y sufrimientos de su tierno corazón.
Pobre amigo! más que amigo, hermano mío! Yo te amé como se ama á los que poseen almas gemelas y cuyos cerebros marchan por el mismo camino á la conquista de esa sombra ignorada que se llama gloria.
Tu temperamento, más delicado, más fino, más sensible que el mío, se quebrantó más pronto, y tuvimos que separarnos: tú para ir á la tumba, ese lecho de eterno descanso, y yo para seguir por la tortuosa senda del mundo, asediado por la estupidez humana. Pero Dios, ese buen Dios que sabe justipreciar las hermosas almas, ese Dios que es todo bondad, que es todo amor, te habrá colocado seguramente donde mereces, en ese nimbo azul donde las benignas vírgenes ofrecen sus amores castos á los que como tú poseen un espíritu selecto que sólo ambiciona sepultarse en la oscura región de los ignorados!
Ha pasado mucho tiempo. Sólo acuden á mi mente confusos recuerdos de su peregrinación sobre la tierra.
En casa solitaria, allá en las afueras del pueblo, era la única confidente que poseía para sus fantásticas quimeras. En una habitación pequeña, desde cuya ventana se veía el horizonte azul cortado por los sombríos peñascos de la montaña, era donde se entregaba á la elaboración de sus majestuosos y bellos poemas imaginativos.
Porque él no escribía. Jamás se le había ocurrido fijar sus ideas en un papel, ni estampar en caracteres escritos sus románticas concepciones. Y cuando yo le regañaba por su pereza, y le manifestaba el placer que experimentaría viendo escritas é impresas sus hermosas frases y sus armoniosos períodos, inclinaba tristemente la cabeza sobre el lecho, y lanzando un suspiro, en el cual iba envuelta su alma delicada, me decía:
— Ah!... hermano mío! Escribir, escribir! ¿Y para qué?... ¿Voy por ventura con ello á conquistar la felicidad? No, no! Es tan hermoso vagabundear con el pensamiento! ¡Es tan hermoso poder crear dramas conmovedores, para después verlos desaparecer de nuestra imaginación, así como el humo se desvanece en espirales reptílicas por el espacio!... ¡Es tan bello concebir y no ejecutar!... ¡Es tan encantador podernos guardar para nosotros mismos esos sueños melancólicos y ser parcos y egoístas en bien y provecho de nuestros sentimientos!...
Y con estas ideas vagas, con estas ideas extrañas, seguía él pasando su vida taciturna, alumbrado por esa antorcha de luz pálida que es el símbolo de los poetas.
Luego llegaron para él los días grises, y el cielo diáfano de su vida se empañó, así como el terso cristal de las ventanas se empaña en los días nebulosos de invierno. La tisis, esa enfermedad triste y melancólica, esa enfermedad que es todo encanto, que es todo ensueño, empezó á corroer su organismo delicado, hasta dejarlo sin fuerzas para moverse.
Desde entonces los días y las noches fueron deslizándose á su alrededor con parsimoniosa lentitud. De su pecho nacieron rugidos débiles, y por su rostro pálido y demacrado fué extendiéndose esa tranquilidad hierática de los escrofulosos. Sus ojos tornáronse más lánguidos que de ordinario, y sus labios, que fueron cintas de sangre roja, perdieron su color hasta quedar blancas y ajados cual si fueran desprendidos pétalos de albas rosas primaverales.
Y los meses pasaron. De sus labios no salió ni una queja. Estaba resignado con su destino, y esperaba la muerte con esa tranquilidad heroica de los mártires y de algunos condenados.
Y por fin llegó ella, la pálida, la virgen inviolable, la triunfadora eterna é impasible, la que jamás fué vencida, la que doblega todas las cabezas, la Muerte! Fué en un hermoso día de primavera. Los gorriones entonaban sus amorosas endechas junto á la ventana de su cuarto, y las flores campestres aromaban el ambiente con sus fragancias exquisitas.
Pobre amigo mío!... Allí, oyendo el doblar lento y acompasado de la esquila y el rumor incesante del viento al juguetear con las hojas de los árboles, fué donde entregó su alma al supremo Dios, mientras sostenía con sus heladas manos un viejo libro y se dibujaba en su rostro esa inefable sonrisa de los buenos y de los justos!...
Buenos Aires.
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