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Una ciudad muerta

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Una ciudad muerta
escrito por Joaquín Díaz Garcés
Publicado en el libro « La joven literatura hispanoamericana » del año 1906 ~ Ortografía original.~ (1)



<poem>

‎Es indudable que la fantasía tiene en la vida moderna constante ejercicio. La noticia, esa especie de golondrina que viene cabalgando por el hilo de cobre, es como la columna de vapor que se escapa silbando por la válvula entreabierta: sorprende, despierta y también atemoriza; pero en todo caso despierta.

‎La noticia suele presentarse grave y cejijunta como un fraile cartujo, con la parda capucha calada, y las manos metidas en la suelta y plegada manga. Otras veces pasa rápida como una figura carnavalesca, con careta de raso y flores rojas en el pelo. Otras veces es una mancha de sangre. Y otras... una bailarina que pasa haciendo piruetas sobre la punta de los pies con el pollerín de gasa flameando como una banderola impalpable.

‎Y en fin, en este desfile diario, suele también pasar la evocación histórica, vestida, como hoy, de negro luto.

‎Pompeya ha vuelto á hundirse. La ciudad de Saint Fierre en la Martinica acaba de perecer sepultada bajo las cenizas y la lava de un volcán.

‎Saint Fierre vivía absolutamente confiada, al pie de un faldeo. Los viejos habían visto siempre impasibles esa cima que hoy ha sido coronada por un penacho de humo sulfuroso y rojas llamaradas, acostumbrándose á creer que las entrañas de ese cerro estaban muertas y ateridas como las de una momia.

‎Hubo una ciudad que en tiempos antiguos se edificó sobre un bosque talado. Para edificar una casa se echaban al suelo los árboles, y se afianzaban las vigas de los cimientos sobre los troncos razados á flor de tierra. Con el tiempo, la ciudad se hizo grande, populosa, enorme. En vez del bosque verde, se alzó una verdadera selva de chimeneas que humeaban día y noche.

‎Pero un día la tierra sobre que había sido edificada, palpitó con un soplo de vida. Los troncos sintieron correr por su médula aun no muerta, un jugo vigoroso que hizo brotar en todas partes la primera yema del retoño. Las ramas asomaron en las calles, sobre los techos, bajo los cimientos. Horadaron los troncos con desconocida fuerza los muros, asomaron por las ventanas, cruzaron como extrañas colgaduras las alcobas silenciosas, hicieron partirse la costra de los cimientos y abatieron al suelo en montón de escombros las soberbias construcciones.

‎¡Era el bosque que había reconquistado sus dominios!

‎Saint Fierre fué construida sobre lava. Pero nadie podía decir á los audaces pobladores:

‎— ¡Alto ahí! Este anfiteatro está cercado por el fuego. Debajo de esta costra palpitan las entrañas de un volcán. En las noches silenciosas se siente la trepidación sorda del fuego, que se agita como un mar de oleadas rojas. No edifiquéis aquí la ciudad, porque todo esto es solamente la cerradura que aprisiona este volcán silente y clandestino.

‎Pero nadie pudo hablar, y el cerro florecía en todas las primaveras y se secaba en todos los inviernos, siguiendo la rotación del tiempo, y las mujeres iban á recoger en su falda ciertas florecitas rojas que parecían chispas de fuego y que eran consideradas como símbolo del amor cuando eran en realidad frutos del odio.

‎Las entrañas del Mont-Pelé seguían agitándose y el mar de fuego subiendo hasta su garganta.

‎Un día todo aquello se estremece y una larga columna de humo sube al cielo. Fué el primer anuncio de la catástrofe.

‎En seguida vino lo que nuestros lectores verán en la relación que el cable ha paseado hoy por el mundo. Primero una ola de fuego lo incendió todo, y en seguida una sábana de ceniza descendió sobre las ruinas como un sudario fúnebre.

‎He ahí una ciudad que ha muerto en pocas horas.

‎Desde hoy irán allí los turistas y con musulmana indiferencia recojerán ceniza, y rocas volcánicas para llevar á los museos.

‎Y entretanto Mont-Pelée volverá á florecer en la primavera.

‎Pero ya no habrá mujeres que vayan á cortar las flores rojas.

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