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Nota de un himno

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


Nota de un himno


o creí que era mudo el ciego que pide en esta esquina. Suele estar quieto y silencioso con la mano abierta al borde de su pecho, como si sostuviera el corazón con la diestra palma sarmentosa. Suspirar sí que sabe hacerlo. Y rezar también, porque el estremecimiento continuo de sus labios acusa un roce de plegarias. Algo llorón es el viejuco éste. Todo el invierno he visto lágrimas temblando en sus mejillas a la par que en sus labios temblaban las oraciones. "¿Llorará de pena o de frío?", me preguntaba yo.

‎Ahora me he enterado. ¡Es de pena! Porque el sol arde dulcemente en la esquina donde el pobre llora...

‎Los viejos suelen estar tristes y tener, como los niños, muy pronto el llanto; si además son ciegos y piden limosna, ¿qué dulce sol de primavera podrá secar sus lágrimas?...

‎Esta mañana corría por la calle una ráfaga de placer, como si la vida primaveral alzase su himno mundano bajo el cielo deslumbrador de la Corte. Varios y fuertes rumores componían la orquesta gozosa: el precipitado circular de vehículos y los gritos de los vendedores ambulantes; bocinas, campanas, voces de la multitud, todo el ruido potente de una gran calle céntrica, acordaba en alegres sones. Pero el cieguecito que pide limosna con la mano abierta al borde de su corazón, está mudo y lloroso. Sólo él se muestra triste en lo que mis ojos abarcan desde el balcón. Cuando bajé a misa muy temprano, ya el pobre tenía las mejillas húmedas. ¡Y qué desconsolados me parecieron en esta hermosa mañana unos ojos que sólo sirven para llorar!

‎Este anciano oracionero y suspirante suele repartir sus horas negras entre el portal acogedor de la capilla salesiana y la esquina de la calle, enfrente del convento.

‎Desde la casa de Dios, el sin ventura se asoma al camino por donde pasan los hombres. Pide al cielo esperanzas inmortales y al mundo un pedazo de pan.

‎Así pensaba yo del pobre viejo, después de haber mirado su lastimosa silueta, que apuntaba en la calle una nota triste. Y de pronto, sobre el "himno triunfal" que de afuera viene a envolver mi trabajo en felices rumores, tiembla un lamento roto y punzante, un clamor que dice:

‎— ¡Ay, Dios mío!...

‎El tranvía se para, y un golpe de curiosos le rodea. Conductores y pasajeros que del coche se bajan precipitadamente, sacan debajo del pesado tren un cuerpo humano, que ya no pide, ni reza, ni suspira. Es el ciego, que al cruzar una vez más la calle buscando el portalito piadoso de las Salesas, ha caído atropellado por el "himno triunfal de la vida"...

‎Y no era mudo, porque alta, fuerte y desgarradora, ha lanzado una queja: "¡Ay, Dios mio!..."


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