This is an archive copy of wikilivres.ca as of 18 February 2017 (from the WikiTeam dump). The original site is closed.
El Cristo de los claveles
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

ay en mi parroquia madrileña un Cristo muy hermoso, muy pálido, muy triste.
Cuando por la calle se venden las flores en cestas y carretillos, con primaveral abundancia, vi que al Cristo le florecía entre los pies ensangrentados un oloroso ramo de claveles.
La constancia de este ramo, siempre fresco, siempre en el mismo lugar, sujeto a los santos pies sobre el clavo y las heridas, me llamo la atención. Y una tarde me puso la casualidad junto a la devota jardinera que ungía las divinas llagas con lozanas flores.
Estaba la iglesia muda y sola, y rezaba yo a la vera del Señor, cuando unos pasos vacilantes quebrantaron la calma profunda del lugar, y una tos, un jadeo y un suspiro se acercaron a Jesús.
Era una anciana menuda y pobre la que lucía en sus manos cenicientas de renuevo de preciosos claveles.
De puntillas para llegar mejor a las plantas esclavas, desprendió con dulzura el ramo de la víspera y colocó el reciente. Iba ofreciendo una a una las flores, besándolas, suspirante y devota, y murmurando:
— ¡Pobretuco..., pobretuco!
Entonces mi emoción se hizo curiosa para averiguar:
— ¿Es usted montañesa?
— ¿Montañesa? —interrogó la anciana a su vez, contemplándome sorprendida. Y sin responder a mi pregunta, repuso, meciendo en la sombra la mirada apacible:
— Soy de muy lejos..., de muy lejos...
— Por ¿de dónde? —insistí.
— De más allá de la llanura, mucho más allá, donde todo es sierra... Para venir hay que andar en el tren toda la noche.
— ¿Hace mucho que vive usted aquí?
— ¡Mucho! —respondió con expresión de infinito camando. Y añadió, luego, de quedarse pensativa:
— Me llamó el hijo para acá, porque le llego la hora de morir... Y me quedé sola con Este -señaló al Cristo pálido.
— ¿Por qué no se vuelve a su pueblo? —le dije conmovida.
— Está muy distante..., mucho; al borde mismo de la mar.
— ¿Y tiene familia allí?
— ¡Nadie! — murmuró.
— ¿Aquí tampoco?
— ¡Nadie en el mundo!... Pero tengo a Este. — Tornó a mirarse en Jesús enclavado.
Hablábamos despacito a la luz de dos velas crepitantes. Y queriendo la vieja satisfacer toda la curiosidad que le revelaban mis preguntas, dijo dulcemente:
— Pido limosna. Lo que saco lo reparto con El. Ahora le compro claveles, luego rosas, más allá violetas, en la Semana Santa dos cirios grandes...
Pronunció las últimas palabras con infantil orgullo, acuciando el asombro que me causaba imaginar el gran tamaño de las velas, y como ya hubiese colocado con mil precauciones su tributo a los pies de Jesús, hízome un saludo amistoso y se confundió en la oscuridad del templo, muy chiquitina, muy triste, con el hechizo de una misteriosa aparición...
| Esperando al hijo | << | El Cristo de los claveles
|
>> | Marinera |
| Works by this author are in the public domain in countries where the copyright term is the author's life plus 70 years or less. cs | de | en | eo | es | fr | he | pl | ru | zh |