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Marinera
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

rava y espléndida sabe nuestra costa mucho de la muerte, ya que la mira de continuo en el espejo oscuro del Cantábrico, el mar de las galernas crueles y de los recónditos furores. Luchar en él para vivir, y morir de sus cóleras, es el frecuente destino de estos costaneros pobres, nuestros hermanos infelices.
Toda la ribera está señalada por sombrías memorias de naufragios, y en ninguna parte la vida trágica y tumultuosa, se abraza a la muerte con tan profundas palpitaciones como en este mar norteño y misterioso que vive amortajado por la bruma y solloza cuando respira y se duerme en la playa con estertor de agonizante.
Pero cuando la guerra inclemente del mundo puso un nuevo matiz de incertidumbre en los hondos caminos de la mar, hombres y naves padecieron más honda persecución bajo el cristal inmenso y esquivo, preñado de amenazas, y los valientes que se lanzaban en un barco sobre la llanura sin fin, ya no recelaban sólo del arrecife, de la tempestad y de la brumazón; otros barcos, otros hombres les preocupaban; otros peligros temían: la humana fraternidad, rota en acerbos pedazos, sembró en el agua y en el viento mortales inquietudes, y hasta en los más pacíficos hogares retumbó el angustioso alerta de los bajeles amenazados.
Un navío de aquellos fugitivos y recelosos, cruzó a nuestra vista en cierta hora crepuscular y apacible en que no sabíamos levantar los ojos de las aguas azules.
— Es el Cántabro —nos dijeron—, va a los mares de Inglaterra a llevar contrabando; por eso marcha tan costanero.
Y allí mismo, una moza rubia y pálida murmuró con orgullo:
— El primer maquinista es mi marido.
—-¿Cómo se llama? — preguntamos, con esa curiosidad de quien no desconoce en su pueblo ningún apellido.
— Cipriano Albéniz.
— Hace poco tiempo que se han casado, ¿no?
— Tres meses.
Miramos a la joven con interés. Tenía los ojos clavados y tristes, la frente meditabunda, puesta la atención con sumo desvelo en aquel barco fino y alteroso ceñido a la orilla, sin temor a los bajos, agudos como puñales, que embravecen la costa.
Iba cayendo la oscuridad; sólo en la cinta lejana del horizonte parpadeaba moribunda la luz. Subía la Luna por el cielo, curva y rutilante como una hoz, y ardían las estrellas muy remotas en la cima del celaje profundo.
Entonces, una fragata de grande arboladura se traslució en la sombra como si llegase del fondo de la mar, buscando también el arrimo de los cantiles, y navegó a toda marcha detrás del buque montañés.
Los vimos juntos, con los faros apagados, rozándose, uniéndose en un sólo desvaído perfil.
Y de pronto el Cántabro dejó oír una dolorosa voz, igual que un humano quejido, un lamento lancinante y agudo que temblando imploraba y volvía a temblar; un grito de lástima y desesperación.
Al mismo tiempo sobre la cubierta se encendía una luz que parecía una herida, una lumbre roja y derramada lo mismo que un borbotón de sangre.
El incógnito bergantín huía dejando las huellas de la muerte en los hondos caminos de la mar.
Y la mujer de Cipriano Albéniz se había desmayado en la ribera.
No era la nave misteriosa una mala enemiga del barco santanderino. Viajera neutral y mercantil, seguía el mismo rumbo que él, con semejantes precauciones y parecido riesgo, acogiéndose al sagrado de la costa, apagadas sus lantías, con un semblante emboscado y sospechoso.
Pero navegaba con más brío, y al perderse los dos en la negrura de la noche, ciega de prisa y de inquietud la fragata noruega embistió al barquito español, tronchándole el palo trinquete con su poderoso bauprés, levantándole la cubierta y abriéndole una enorme vía de agua cerca de la escotilla segunda.
Después el velero se alejó en las tinieblas, enigmático y veloz, como esos automóviles fantasmas que atropellan una vida y desaparecen antes de ver si queda un hilo de esperanza en la vida que atropellaron...
Los cincuenta y dos tripulantes del barco herido pugnaban por salvarse con el afán ansioso que el caso requería.
Pero era menester que alguien cuidara las calderas para que en la inundación no estallasen, haciendo imposible el salvamento.
Intrépido, voluntarioso, un hombre ofreció su vida en la catástrofe, en rehenes de las de sus compañeros. Era Cipriano Albéniz, el marido de la joven rubia desvanecida en la costa.
Delante de la máquina, previamente sepultado en el estertor de la triste mole, inmenso de serenidad y de heroísmo, Albéniz evitó la explosión, mientras tocaba la sirena para que sus camaradas estuvieran seguros de que un corazón fuerte y generoso latía en aquellas moribundas entrañas de hierro, vigilante y sublime hasta el postrer latido.
Con esta asombrosa garantía, la oficialidad del Cántabro se impuso a la aterrada tripulación, y organizóse el salvamento en dos balleneras y un bote de servicio; en tanto que viva, retumbante, loca de caridad, seguía la sirena cantando desde el vientre tembloroso del bajel.
Y apenas las naves salvavidas se alejaron lo bastante para no sumergirse en un remolino final, dando el buque una brusca guiñada cabeceó hacia los náufragos en reverente despedida, y se hundió con Albéniz.
Ya sepulto el navío, todavía en la trágica lobreguez de la noche, sobre la infinita desolación de las aguas, resonó el acento de la sirena desgarrando el último compás de aquel himno español tan arrogante, cifra gloriosa de la bravura y el amor humanos.
Arriba, en un cielo impasible y azul seguía la Luna clavando su guadaña de oro...
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