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Flor de cuna
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

oda la fe ardiente de la dama no bastó a calmar la angustia de una idea dominadora, cruel espina clavada en el gran dolor de la madre.
El niño había sido tan adicto a ella, tan mimoso y apacible, que sus cinco años juguetones no contaron ni un mal intento de fuga lejos de las lindes del jardín: había muerto el pobre Mario sin padecer la intranquilidad de una humilde aventura callejera, sin acariciar una atrevida ilusión de escapatoria.
Aquellos macizos de flores, aquellos veriles acosados por el césped, hundidos bajo las ventanas de la madre, fueron su mundo y su alegría.
Era el nene un poco miedosillo; para que se durmiera sin susto había que darle la mano.
La zagala vieja, Sinda, la incansable arrulladora de niños, que en aquella familia había cuidado con esmero y amor a tres generaciones, sentábase junto a la camita de Mario y apretaba con su diestra sarmentosa, la mano fina y breve del pequeñín.
Cabeceaba Sinda un poco, mientras recitaba Mario sus infantiles oraciones, muchas veces interrumpidas por impacientes curiosidades, llenas de candor.
— Ángel de mi guarda... Dime, Sinda, ¿qué es lo que guarda el ángel para mí?
— Pues guarda pasteles, un caballo, estampas... ¡muchas cosas!
— Dulce compañía... Esto quiere decir: dulce con pan, ¿no es cierto?
— Anda, goloso, duérmete.
Y al cabo de otras cuantas sugestivas interrogaciones, Mario cerraba los ojos con blandura, y la buena mujer desprendía su mano de la del niño y se marchaba de puntillas, después de echar sobre la cuna una piadosa bendición.
Hoy la madre que llora el primer quebranto de su vida, siente con tremenda inquietud la soledad en que su hijo ha hecho el inesperado viaje por los tenebrosos rumbos de la muerte. En vano la ilustración y la fe le dictan elevados pensamientos, dándole una vision consoladora del ángel sonriente en los brazos de Dios, gozoso entre los serafines, dueño de la infinita cumbre celestial.
El dolor de la dama es tan humano, tan lleno de angustias materiales, que no sólo llora la pena de ver partir el cuerpo difunto hacia un solitario paraje, a dormir sin la dócil mano de Sinda, en el frío abandono de la tumba; sino que tiembla al pensar cómo el alma tímida del niño, se ha ido, también, por los espacios oscuros donde no hay senderos ni zagalas ni verjas sobre los macizos de flores que bastan en este mundo para hacer a un niño feliz.
Y evoca la triste madre aquella mirada suprema del moribundo, cuya expresión, indefinible, parecióle una angustiosa demanda de socorro, un desesperado asimiento a la vida, un postrer grito de esperanza. Llegó el hundimiento definitivo de la pura existencia: la caída mortal de la carne, la misteriosa fuga del espíritu. Al nene le tembló en los labios un soplo glacial, le rodó en las pupilas una nube siniestra, ¡y así, tan débil y tan miedosillo, se fué envuelto en el terrible enigma, solo por las horas profundas de una noche sin astros!
¡No hay consuelo para la madre! Su idea menos triste es la de imaginar al ausente perdido en los cielos entre ángeles y soles, buscando con avidez un regazo donde apoyarse al través de las rutas del Señor.
Y entretanto, Sinda, la vieja arrulladora de niños, se pone muy enferma, se abate con una pesadumbre que la empuja, también, a los pálidos reinos de la muerte: es que la brusca partida de Mario, el preferido en la generación de nietos que la buena mujer cuidaba, ha herido su firme y abundante corazón.
Ya la fiel servidora agoniza apaciblemente, rodeada de cariño y atenciones. Suya ha sido, siempre, aquella noble casa y aquella ilustre familia, en la cual dejará un enorme vacío la que durante muchos años compartió goces y penas del hogar, jugando entre niños hermosos y velando entre cunas blancas.
La madre de Mario quiere despedirse en secreto de la viajera; la abraza con ansiedad y la mira largamente dentro de los ojos, hundidos y turbios.
Se estremece la anciana, procura sonreír, y dice con la voz rota, como si hablase desde muy lejos:
— La señorita viene a darme un recado para el niño.
— ¡Sí, sí; eso es!
Quedan entonces estrechamente juntas hablando con un desdoblamiento de emoción, en un coloquio truncado y delirante, como dos alucinadas.
Y la extraña confidencia termina con dos suspiros muy dulces: en el uno vuela el alma sencilla de la pobre sirvienta, llena de méritos y mansedunbre; en el otro goza la dama el primer alivio a su desventura maternal.
Porque Sinda lleva el apremiante encargo de buscar a su nene por las llanuras azules de los cielos, servirle y cuidarle mucho... y darle la mano cuando se duerma en una resplandeciente cuna de constelaciones, soñando con su mamá.
La madre soñadora pone con demente sonrisa una toca de encaje en los albos cabellos de la muerta, prende el adorno con agujas de plata, y ciñe al talle rígido el primoroso delantal de finos entredoses, para que Sinda entre, con toda pulcritud, a cumplir sus delicadas funciones de niñera en los altos jardines de Dios...
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