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El solar redimido

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


El solar redimido


l solar viejo se iba arruinando, ya no podía con los blasones; borroso estaba el lema del escudo, enmohecidas las piedras centenarias, ondulantes y abatidos los artísticos aleros, roto el balconaje, agrietadas las puertas.

Murio el último anciano de aquella familia noble, y su hija bajó sola y niña de la hidalga mansión elevada sobre el pueblo, para refugiarse en una casita pequeña desde la cual todos los días miraba con absorto dolor cómo se iban amustiando las praderías que en torno a su niñez lozanearon; cómo crecían las malezas en las lindes del huerto, donde ella cultivó rosas gentiles; cómo se convertía en una sombra la abandonada casa de su padre.

‎De tanto contemplar aquella agonía desconsoladora, los ojos de la huérfana se empañecieron con un velo sutil, como de lágrimas, que dió un singular encanto al rostro puro.

‎Y un día el amor, curioso de aquella nube tendida con misterio sobre unas pupilas casi infantiles, llamó, poseído de reverencia, en los dinteles del hogar donde vivía la soñadora.

‎Por primera vez en mucho tiempo desoyó la muchacha los escuchos de sus hondas contemplaciones; llegó a la puerta, y sonriente, alargó la mano al compañero que le ofrecía la suya, honrada, para andar la vida juntos.

‎Salieron al camino, pero ella no podía dar un paso sin volver los ojos, hechizados, hacia el pobre solar moribundo.

‎Entonces el amor, que adivinó un deseo en aquella mirada dulce y constante, hizo a la novia una ferviente promesa, y la esperanza cayó como un rocío bienhechor sobre las praderas marchitas, los huertos asolados y la casona lacerada.

‎Todas las industrias de un corazón amante y varonil se movieron con eficacia y ardor sobre las piedras caducas y fueron como un ensalmo para resucitarlas y embellecerlas...

‎Ahora, firme el escudo, claro el mote, pulidos los sillares, seguros los cerrojos, el palacio se enseñorea del valle desde la brava altura. En torno suyo dos campos han reverdecido, los rosales se han levantado, se han abierto las rutas.

‎Ahora en el noble llar, donde se calentaron muchas generaciones de caballeros, vuelve a erguirse la llama viva del amor, vuelve a resplandecer el fuego sagrado de la hospitalidad.

‎La novia mira el prodigio al través de su ventura, sin perder aquel velo misterioso que el dolor le puso en las pupilas; asi está cada día más hermosa, y su felicidad tiene unos divinos matices de sentimiento y gratitud. Ha guardado los azahares en el arca más vieja del salón, al pie de un gran retrato viril, donde su padre sonríe con duradera gracia, esperando que trepen los nietos al macizo mueblaje y en puntillas alarguen el rostro y le besen la mano...


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