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Impresiones americanas/27
| XXVI | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XXVIII |
La princesa Luisa de Sajonia, hacienda girones su honor, se ha fugado con Monsieur Girón.
Y hoy se hallan en Suiza, hermoso país que se ha convertido en asilo de todas las enamoradas parejas que, encontrando obstáculos á su amor, se ven obligadas á emprender la fuga.
Por seguir á su enamorado galán, ha sacrificado la princesa su trono. Por seguir á su hermosa dulcinea, ha sacrificado Girón su libertad, ¡El pobre Girón!.
Los americanos han comentado mucho el suceso. Y no han dejado de tratar de sacarle punta. Todos los días, desde que publicaron los diarios la noticia, Girón y Luisa reciben cartas y telegramas, en los que se les hacen ventajosas proposiciones para venir contratados á los Estados Unidos.
Algunos empresarios han ofrecido á los distinguidos amantes hasta cinco mil pesos por noche para que vengan á celebrar una serie de conferencias, ó lectures, como dicen aquí.
Tal vez al pobre Girón no le falten ganas de contratarse; pero hasta el presente no ha aceptado ninguna oferta, respondiendo siempre con dignidad: «Ni yo soy Rigo, ni mi real amante es la princesa Chimay. »
Estoy seguro de que muchas almas candidas, al leer esta noticia, se habrán sentido indignadas.
— ¡Cómo! exclamarán. ¡Proponer contratas teatrales á una princesa de la sangre!
Pero los yankees no se asustan por tan poca cosa. Existe en esta República un plausible deseo de ilustrarse, de aprender. Y al mismo tiempo se supone que nadie es más á propósito para narrar un suceso que el protagonista del mismo.
De ahí que las conferencias (lectures) estén tan en boga en los Estados Unidos.
Que Jim Jeffries ha molido á golpes á su adversario; que Johnny Reiíf venció en el Derby; que Fournier llegó primero en las carreras de automóviles entre París y Berlín; pues no transcurren dos meses sin que el pugilista, el jockey y el chauffeur se presenten en Chicago, Boston ó New York, para explicar en larguísimos monólogos, mejor ó peor hilvanados, el arte de dar puñetazos, la ciencia de manejar solípedos ó las delicias que se experimentan rompiéndose el bautismo en un automóvil.
Ahora bien: para un empresario, la naturaleza de una popularidad es cuestión de poca monta. Marconi explicando su portentoso descubrimiento desde el escenario de un teatro, puede producirle tres llenos.
Frank Erne, refiriendo sus grandes triunfos en el Park-au-Princes, de París, le produce tres llenos también. Luego, para el empresario, Marconi es igual á Erne, puesto que, á pesar de ser sabio, no produce más que el ciclista.
El viejo Kruger, vencido por los ingleses, representa en la escala de las notabilidades una cantidad igual de popularidad que Fittzsimmons, vencido por Jeffries. Lord Kitchener, vencedor de los boers, produce tanto como Erne, el ciclista que venció en París.
Y si Fittzsimmons, Erne, Jeffries y Fournier han aceptado proposiciones ventajosas para aparecer en público á recitar monólogos acerca de sus especialidades respectivas, no vé razón el empresario yankee para que no las acepten Marconi, Lord Kitchener, Gabriel D'Anunzio.. ó el Czar.
A Cervera después de su derrota, al Almirante Dewey después de su triunfo, se les ofrecieron contratas tentadoras, que con gran descontento de muchos se negaron á aceptar.
Y aun al mismo Napoleón el Grande, si hubiese venido á América después de Waterloo, no habrían vacilado los yankees en ofrecerle un puesto distinguido en las filas de jinetes de algún antepasado de Buffalo Bill.
Baltimore, Enero de 1903.