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Impresiones americanas/28
| XXVII | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XXIX |
Una vez más ha quedado demostrado que las pequeñas causas suelen producir los grandes efectos.
En Marruecos, esa faja de tierra africana donde obtuvo España su última victoria, ha estallado un formidable movimiento revolucionario
fratase nada menos que de derribar del trono de sus mayores al Sultán, hombre que según dicen los que han tenido el gusto de conocerle es el creyente menos creyente de cuantos pierden su tiempo leyendo el Corán, y prestando atención á los desatinos que grita el muezin desde los empinados minaretes de la mezquita.
La hermosa Zoraida, muellemente reclinada sobre los blandos almohadones de un diván, aguarda impaciente la llegada de su muy amado señor.
El perfume que exhalan las flores del jardín y el humo aromático que despiden los soberbios pebeteros, embalsaman la tibia atmósfera de aquella estancia-lecho donde reposa la favorita del Sultán.
El melancólico tañido de las guzlas, el murmullo de las cristalinas aguas que se deslizan bajo el ajimez, el trino melodioso de los pintados pajarillos, el arrullo tierno y melancólico de dos palomas que, uniendo sus picos sonrosados en un beso supremo, murmuran dulcemente la palabra inmortal... Todo esto, mezclado y confundido, lo percibe vagamente la enamorada Zoraida, cuyos ojos de negras y larguísimas pestañas se cierran bajo la enervante caricia del amor.
Giazul, la esclava predilecta de la favorita, recita en alta voz la historia romántica de los amores de la princesa Zaira con el apuesto Jussuff-Alí, el último benimerín:
...«Y saltando ligero del brioso palafrén, penetró Jussuff en el jardín del regio alcázar, donde ya le aguardaba la bella Zaira, temblando de amor y de felicidad...»
No pudo Guiazul terminar el párrafo.
De repente un ruido espantoso, inusitado, imposible de explicar, resonó en el patio; y casi al mismo tiempo un enorme carruaje de extraña forma, que arrojaba espesas columnas de humo apestoso, penetró hasta el pie de la escalinata que conduce al harem. Del fondo del carruaje saltó al suelo una especie de demonio en traje de buzo, la cabeza cubierta con una gorra de hule y el rostro (si lo tenía) tapado con unos inmensos anteojos.
La guardia de palacio se precipitó sobre lo que tomaba por una aparición fantástica. Pero no tardó en restablecerse la calma.
Quien había llegado era, simplemente, el sultán Muley-Abdel-Asís, que había tenido la peregrina ocurrencia de ir á visitar á la hermosa Zoraida en un automóvil, con indumentaria de chauffeur (!).
El pueblo aceptó esta innovación, aunque de mala gana.
El emperador, menos creyente y más europeo cada día, se hizo llevar de París un traje de etiqueta, y se presentó una noche ante sus aturdidos cortesanos vestido de frac y corbata blanca.
Continuáron las reformas: la escolta imperial fué armada con rifles de repetición: las favoritas empezaron á consumir perfumería de Atkinson y Piver, y se oprimieron el flexible talle con corsets droit-devant.
El pueblo, resignado, aceptó estas innovaciones. Todo marchaba bien.
Pero llegó un momento en que el Sultán, entusiasmado con su obra civilizadora, llegó á olvidarse de Mahoma, del Corán y hasta de su dignidad imperial. Y una tarde presentóse en público montado en una bicicleta de carrera, fabricada en Ohio.
Y allí fué Troya!
Todos los que rodeaban al soberano, desde el Gran Visir hasta el último fakir, lanzaron una exclamación de ira.
Dijo Mahoma:
Una mesa se sostiene sobre cuatro patas; quitadle una, y aún se podrá sostener; pero si sólo le dejáis dos patas, se volcará. »
Mahoma, aunque bastante aprovechadito para su siglo, no estaba igualmente fuerte en todas las asignaturas.
Y en Física, sobre todo, era tal su incompetencia, que no habría podido examinarse, ni aun con el célebre programa con preguntas y respuestas del Dr. Caro.
No sabía lo que era la inercia, ni la fuerza centrífuga, ni la centrípeta; no entendía de otra fuerza que la de los puños.
O tal vez sí entendía; pero no le convenía que se corriera la voz, y prefería pasar por ignorante; porque según es notorio, Mahoma era un árabe que sabía hacer el sueco de manera admirable.
El caso es que el profeta dijo que ningún objeto inanimado puede sostenerse sobre dos ruedas ó dos pies; y los musulmanes lo creen así.
Por eso se indignaron al ver al Sultán desmentir de ese modo á Mahoma.
Y dio comienzo la revolución.
Muley-Abdel-Asís se defiende como bueno, y afirma que vencerá. Pero á fuer de hombre precavido, lleva siempre consigo la bicicleta causante de la revuelta, la que puede serle muy útil, en caso de derrota, para huir de la quema,
¿Queréis saber ahora la impresión americana del suceso?
Pues que los empresarios yankees están ya á la espectativa, para ofrecer al Sultán, encaso de que le destronen, una ventajosa contrata para que se presente, con su famosa bicicleta, en un importante circo de Filadelfia.
Filadelfia, Enero de 1903.