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Impresiones americanas/5

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IV Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
VI


El fanatismo religioso en los Estados Unidos


‎ Hoy ha terminado la Cuaresma, con gran alegría de los que no creemos que para ser buen cristiano y ganar el cielo es preciso pasarse varios días convertido en Capitán Nemo, sin comer otra cosa que pescado.


‎ Este gran país, que tanto bueno encierra y que tan excelentes cualidades posee, adolece de un gravísimo defecto: es fanático en grado superlativo.


‎ Tenemos la costumbre los latinos de censurar con exagerada dureza todas nuestras faltas, aun las más leves, y de ensalzar, en cambio, más exageradamente si cabe, las virtudes ajenas, por dudosas que sean.


‎ Hablad mal de un país cualquiera, que no sea el suyo, á un americano ó á un inglés, y se encogerá desdeñosamente de hombros, ó se apresurará á participar de vuestra opinión. Y si es de pura sangre, añadirá: « ¡Qué diferencia á nosotros! el nuestro sí que es un país ideal! »


‎ Y en cambio un latino (especialmente si es de raza española) parece que goza cuando alguien, en su presencia, dice pestes de su patria; y al mismo tiempo está siempre dispuesto á romper lanzas en defensa de John Bull y de su primo Jonathan.


‎ Hago esta digresión por dos motivos: en primer lugar, porque sé de antemano que no faltarán anglo-sajones honorarios que me censurarán amargamente por haber cometido el horrendo crimen de decir que en los Estados Unidos impera el fanatismo, y en segundo lugar, porque voy á ocuparme de asuntos eclesiásticos (ejem !) y por asociación de ideas me viene á la memoria el suelto periodístico del Heraldo de Madrid, que reproduce y comenta mi amigo y compañero Francisco Hermida, en carta reciente á La Discusión, desde la capital de España.


‎ Me refiero al cura que, al pasar el Viático por la calle del Ferrocarril, obligó á un pacífico habitante de la Villa y Corte á despojarse del sombrero, haciéndole prender después.


‎ Se queja el diario madrileño de que suceso tan escandaloro haya ocurrido en la ciudad principal de España, en pleno siglo xx; y no necesito haberlo oído para estar seguro de que muchos de los que se hayan enterado de la ocurrencia, se habrán apresurado á exclamar: Eso no se vé más que en España! ¡Qué había un cura de cometer semejante atropello en otro país »


‎ Pues bien: sepan los que tal hayan dicho ó pensado, que aquí, en los Estados Unidos, la tierra de la libertad y la democracia, un cura es capaz de eso y mucho más, y no hay periódico QUE SE ATREVA Á PUBLICAR UN SUELTO COMO el de El Heraldo.


‎ Un diario americano (de New York sobre todo) que no vacila en llamar ladrón con todas sus letras á un Jefe de Policía, á un Gobernador y aun á un Secretario de la Guerra, no se atrevería á dirigir á un cura el menor ataque, porque perdería todos sus suscriptores, si es que una turba de fanáticos no invadía las oficinas y lynchaba al director.


‎ Hé aquí un ejemplo que pone de manifiesto á qué grado de locura llega el fanatismo religioso de los norte-americanos:


‎ No hace mucho tiempo, el verano pasado, se exhibían en una iglesia de esta ciudad algunos fragmentos de huesos humanos y varios trapos inmundos, á los que se daba el nombre de Reliquias de Santa Ana, atribuyéndoseles virtudes curativas verdaderamente prodigiosas. Con sólo besar aquellas inmundicias, los ciegos recobran la vista, los mudos el habla, los paralíticos el uso de sus miembros.


‎ El pueblo (¡EL GRAN PUEBLO AMERICANO!) creía á puños cerrados las patrañas que referían los curas que custodiaban las «reliquias»; y era tal la afluencia de gente á la iglesia, que la policía lograba con dificultad mantener el orden.


‎ ¡Naturalmente! todos los que besaban aquellas porquerías salían diciendo que estaban completamente curados.


‎ ¿Quién no ha leído Lourdes, la gran novela del gran Zola?


‎ Un médico que residía cerca de la iglesia donde tales milagros ocurrían, resuelto a poner término á la bochornosa comedia, pagó una buena suma á un negro, para que se paseara por los alrededores del templo llevando un cartelón en el que se leía lo siguiente:


Examino gratis á todas
aquellas personas que quieran
venir á mi clínica. Y si á un
inválido que haya yo desahuciado
lo curan luego las Reliquias
de Santa Ana, estoy dispuesto á
regalarle mil pesos.


‎ El pobre negro se presentó con su cartel frente á la iglesia, y cinco minutos después era ¡¡¡despedazado!!! por aquella muchedumbre de fanáticos, á quienes exhortaban desde la puerta del templo los curas, crucifijo en mano.


‎ New York, Abril de 1903.




‎ ¡Y luego dirán de Londres y de Liverpool...!


‎ Allí, por lo menos, el humo es de carbón, mientras que aquí...!


‎ ¡Ríanse ustedes de eclipses, y de terremotos, y de Mont Pelees. Nada de esto puede compararse á la espesa humareda que nos envuelve.


‎ El cielo, de un purísimo azul hace tres días, estuvo gris anteayer; ayer negro como la tinta y hoy... ¡bueno! hoy no tenemos cielo. ¡ Pobres poetas!


‎ Se respira algo así como cisco de carbón, y todo, hasta el poco aire que circula, tiene color de polvo de ladrillo.


‎ New York se ha convertido en el vórtice de una gran conflagración. Los bosques seculares de New England, Maine, Long Island y los Adirondacks están ardiendo, y un espantoso círculo de fuego y humo rodea la Ciudad Imperial.


‎ El sol, casi eclipsado, parece luna de teatro de vandeville. No da luz ni calor. Permanece oculto casi todo el día, y de repente, cuando ya nadie se acuerda de él, se presenta ofreciéndose á la vista por espacio de cinco minutos, hecho un queso de bola sideral. Desprovisto de su brillante cabellera, carece de fuerza y de vigor; y semejante á un Sansón rasurado, se tambalea en el espacio, con traspiés de borracho trasnochado, que se dirige á su casa en medio de las tinieblas de la noche.


‎ Vista desde el mar, New York es una sombra. Y todo el mundo está de mal humor. El único habitante de la metrópoli que se siente feliz es Vargas Vila. Y á fe que no le falta razón.


‎ ¿Puede darse mayor ventura para un decadentista que residir en el seno de una sombra larga tan interesante como New York?


‎ Y ¡contraste notable! Mientras los estados del Este son barridos por una inmensa falange de llamas, los del Oeste sufren los horrores de una espantosa inundación. Las torrenciales lluvias de los días pasados han desbordado los grandes ríos, que, salidos de madre, han sumergido poblaciones enteras. St. Louis, la admirable St. Louis, ha recibido ya los primeros embates del temporal. Su río, el majestuoso Mississippi, ha rebasado su cauce, precipitándose, como irresistible avalancha, sobre la progresista ciudad.




‎ Y en el Oeste, lo mismo que en el Este, los curas han tomado cartas en el asunto y comenzado á orar. Los de acá para que llueva: los de allá para que cese de llover.


‎ Es probable que el encargado, allá en el cielo, de dispensar aguaceros, se sienta á estas horas vacilante y lleno de perplejidad. ¿A qué curas complacer, á los de New York ó á los de Missouri?


‎ Esta mañana, en la catedral católica de St. Patrick, presencié un espectáculo que me impresionó vivamente.


‎ El templo estaba lleno de una muchedumbre de... fieles, que creía á ojos cerrados que bastaba con que ellos se dieran golpes de pecho y echaran á perder los pantalones por las rodillas para que lloviera.


‎ El pastor de ese rebaño espiritual (que merecía ser lanar) era un curazo de seis pies de alzada. Desde las gradas del altar, elevaba sus preces al Altísimo en latín, idioma que ninguno de los presentes (sin exceptuarlo á él) entendía probablemente, pidiendo agua.


‎ Yo no había ido al templo á orar para que lloviera, sino á admirar un magnífico cuadro de Dannat que acaba de adquirir la Catedral. Después que hube contemplado durante largo rato el hermosísimo lienzo, me puse á examinar al cura, que con cinismo majestuoso (cuando el cinismo es mucho no deja de tener cierta majestad), que con cinismo majestuoso, digo, se hacía intermediario entre los que perdían su tiempo oyéndole y Dios.


‎ Aquel hombre, capaz de derribar una montana, bajaba al suelo sus ojillos grises con un aire de fastidio muy marcado, que los fieles, sin duda, traducían por humildad. Su cara era roja, de un rojo algo violáceo, y su labio inferior, colgante, denotaba, ó mucha altanería, ó mucha corrupción. Bajo aquella sotana podían desde luego adivinarse los calzones. Su rostro estaba sombreado de espesa barba que pugnaba por salir, y en toda su persona llevaba impreso en gruesos caracteres el sello de la virilidad.


‎ Aquellos cañones de cerda negra, asomando por los gruesos poros de su rostro rubicundo, estaban en abierta lucha con el dogma; aquellos brazos, aquellas espaldas de gladiador, parecía como que se rebelaban contra el Concilio de Trento.


‎ — ¡Dios Todopoderoso, dadnos lluvia!, repetía.




‎ A las doce pasaba yo por delante del café del famoso pugilista Kid Mc. Coy, situado en la esquina de la calle 40 y Broadway, cuando en un grupo alegre que salía del establecimiento descubrí á mi cura. Iba vestido de paisano, y llevaba el traje seglar bastante bien. Los que le acompañaban eran sports del Tenderloin.


‎ El Ministro del Señor, que horas antes rezaba en la Catedral para que lloviera, observó con aire de mal humor las nubes, y volviéndose á sus amigos exclamó con una interjección:


‎ — ¡Verán ustedes como viene la lluvia á fastidiarnos y á ser causa de que se suspenda el match de base ball!


‎ New York, Junio de 1903.




‎ Acabo de regresar á mi casa, después de un prolongado paseo.


‎ Contra mi costumbre, he andado más de veinte cuadras á pie.


‎ Y no vayan ustedes á creer que mi larga excursión en el famoso coche de San Francisco, obedeciera á falta de carruajes ó tranvías, que dicho sea en honor de la verdad, abundan en St. Louis.


‎ Mi caminata se debió única y exclusivamente á que deseaba observar con detenimiento ciertas tiendas de campaña, idénticas á las de los circos, que habían llamado mi atención desde que llegué á esta ciudad.


‎ No se dan cien pasos en St. Louis sin tropezarse con una de esas tiendas.


‎ En un principio creí que su objeto era celebrar en ellas funciones de caballitos, y esto me pareció muy lógico y natural, considerando que nos encontramos en plena exposición.


‎ Esta noche, sin embargo, he podido comprender mi error.


‎ En el trayecto de veinte cuadras que he recorrido, encontré nueve tiendas, y hé aquí lo que cada una de ellas encerraba:


‎ Un cura, un sacristán, un piano y una gran muchedumbre de imbéciles.


‎ El cura recitaba los versículos más conocidos del Nuevo Testamento y entonaba los salmos más populares del Antiguo, acompañándose al piano. Este (el piano) gemía bajo las manazas del cura; los imbéciles repetían las palabras del cura con mucha devoción (la devoción es el síntoma más infalible de que no se ha entendido lo que se oye) y, por último, el sacristán, con una cara muy expresiva de sinvergüenza, pasaba la bandeja, en la que los imbéciles depositaban sendos green backs.


‎ Todas las tiendecitas de marras eran otras tantas iglesias improvisadas, en las cuales se predicaban toda clase de religiones, por toda clase de curas, que se acompañaban en toda clase de pianos, y eran escuchados con gran devoción por toda clase de imbéciles, á quienes pedían dinero toda clase de sacristanes.


‎ Oh! Las ametralladoras de Kuroki!! venía yo pensando. ¿Qué se ha hecho de vosotros, cañones de Kuropatkin?


‎ He dicho muchas veces en este mismo periódico, desde New York, que los norteamericanos son fanáticos en grado superlativo.


‎ Pero jamás hubiera podido creer que su fanatismo llegara á tal extremo, si no lo hubiese visto con mis propios ojos, como acabo de verlo.


‎ La mayor parte de los curas que en esas iglesias de lona predican, son entes vulgares y corrompidos, pues de no serlo, ejercerían su ministerio con más decoro.


‎ Sus sermones se reducen á repetir los versículos de la Biblia y terminan invariablemente pidiendo dinero á los fieles.


‎ El gobierno no hace nada para impedir ese robo descarado que se comete en medio de la calle, sirviendo los Evangelios de máscara al ladrón.


‎ Algunos de esos predicadores hacen fortuna, como el célebre Dowie. Otros fracasan en su empresa y se hacen misioneros. El gobierno tiene á estos últimos en gran estima.


‎ Un misionero, lo sabe todo el mundo, es el primer eslabón de una cadena á cuyo extremo opuesto se encuentra una carbonera ó una estación naval.


‎ St Louis, Agosto de 1904