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Impresiones americanas/6

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V Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
VII


Mi amigo Nakamura


‎ Después de un viaje monótono, molesto, malísimo y otra porción de emes á cual más morrocotuda, hemos llegado al río Mississippi, cuya corriente remontamos en estos momentos, con tiempo hermoso, agradable temperatura y mu- chas ganas de llegar.


‎ Hasta las nueve de la noche — el capitán acaba de decirme — no estaremos en New Orleans; y como he cometido el horrendo crimen de no adoptar la ciudadanía americana, hasta mañana no me será permitido saltar á tierra.


‎ Esto significa que no llegaré á Saint Louis hasta el sábado; y como ese día tendré que dedicarlo necesariamente al descanso, hasta el lunes no podré visitar la Exposición.


‎ Entre tanto, escribiré algo acerca de mi buen amigo Nakamura, un japonés muy simpático y excesivamente amarillo, que acaba de girar una visita de inspección á Cuba, en calidad de intérprete y secretario de su compatriota Mr. R. Ota, comisionado del Gobierno del Mikado en la Exposición de Saint Louis.


‎ Cuando llegué á bordo del Excelsior y me hube enterado de que los dos ilustres hijos del imperio del Sol Naciente iban á ser mis compañeros de viaje, mi alegría no tuvo límites. Vi abiertas ante mí, de par en par, las puertas del cielo de las intervietus; y me propuse pasar las tediosas horas del viaje dirigiendo preguntas á los dos chinos reformados.


‎ Siendo Ota el de representación social más elevada, el de edad más provecta y sobre todo el de nombre más fácil de pronunciar, sentí desde luego más inclinación hacia él; y aprovechando la circunstancia de que nos habían señalado á los dos un mismo camarote, no perdí tiempo en abordarle.


‎ ¡Vana esperanza! Mi japonés y yo no pudimos entendernos, porque ¡el muy orgulloso! no conoce otro idioma que el suyo, que es como no conocer ninguno.


‎ Nakamura, en cambio, habla bastante bien el inglés; y á él me dediqué.


‎ Naturalmente, que mis preguntas fueron todas, ó casi todas referentes á la guerra, entre el Japón y Rusia.


‎ — ¿Qué opina usted, empecé interrogandole, acerca del resultado de la campaña?


‎ — Que nosotros venceremos, respondió sin vacilar.


‎ — Los rusos, sin embargo, dije, son muy fuertes.


‎ — Tal vez, respondió sonriendo Nakamura; pero nosotros somos más fuertes que ellos. El Japón, añadió, no puede perder.


‎ — ¿Por qué?


‎ — Porque no.


‎ — Esa no es una razón.


‎ — Puede que no sea una razón, pero es la verdad.


‎ — Amigo mío, le dije, me veo obligado á confesar que no le comprendo.


‎ — Ya lo sé, replicó Nakamura. Usted no me comprende, ni me comprenderá jamás; del mismo modo que Rusia no nos comprende, y Europa no nos comprende ni llegará á comprendernos nunca.


‎ — El Japón, prosiguió animándose, es la nueva idea, y las ideas nuevas no pueden ser comprendidas inmediatamente después de enunciadas. ¿Cuál fué el secreto del éxito de Napoleón? La novedad. Swarrow fué la primera de sus víctimas, y todos los mejores generales de Europa se sumaron al número, hasta que Wellington resolvió el problema en Waterloo.


‎ — Según eso, usted cree que el Japón posee el secreto de vencer.


‎ — Absolutamente.


‎ — Y ese secreto, ¿en qué consiste?


‎ Nakamura se dirigió á su camarote, y regresó pocos minutos después, trayendo un diccionario de la lengua japonesa.


‎ Y después de hojearlo cuidadosamente, se detuvo en una página llena de signos incomprensibles para mí.


‎ — Aquí, dijo, debiera encontrarse, siguiendo el orden alfabético que en libros de esta clase se emplea, la palabra derrota. Pues bien, esta palabra, cuyo significado comprendo yo por haberlo aprendido en inglés, no existe en nuestro idioma. No existiendo la palabra (que fué abolida hace ya más de mil anos por un decreto del Gobierno) tampoco existe su significado. Nuestros soldados ignoran que haya algo equivalente á derrota. Cuando van á la guerra no piensan en que pueden ser vencidos. Su dilema es este: Vencer ó morir. Por eso vencimos á los chinos, por eso venceremos á los rusos, por eso venceremos siempre.


‎ Nakamura se retiró del salón, y yo me quedé con ganas de preguntar á mi amarillo amigo, si en el diccionario de su lengua existía por casualidad una palabra equivalente á la inglesa bluff.


‎ A bordo del Excelsior, Julio de 1904.