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La carta milagrosa

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


La carta milagrosa


umplida la media noche, Isabel rezaba, intranquila, en su lecho cuando oyó a la puerta un insólito rumor, que se podía confundir con el balido de un recental y el llanto de una criatura.

Llanto era: que al cerciorarse del suceso hallóse la desvelada con un niño entre los brazos.

‎Por lo menudo y suave diríase que acababa de nacer, allí, en el umbral, combatido del viento y de la lluvia. Le envolvía un mantón deshilachado y llevaba por todo ajuar un pañalito ruin y una camisilla leve.

‎Se hizo cruces la mujer, llamando por testigos de aquel caso de crueldad a todos los santos del cielo. Y con el niño sobre el corazón, de hinojos en los ladrillos colorados de la cocina, aventó el rescoldo de su hogar, coronado previamente por un ramo de chamarasca; así la lumbre alegre de la misericordia calentó al pobrecito abandonado.

‎Luego, en las brasas de oro que el trashoguero despedía, entibió Isabel un poco de leche con azúcar y se le fué dando al nene gota a gota, destilada, entre los labios mediante el auxilio de una cucharilla.

‎Mostróse glotón el pequeñín, chupando el jugo providente con ansias de vida, muy sediente y afanoso, hasta que, bien alimentado y mecido por la anciana, acabó por dormirse.

‎Allí se quedó ella de rodillas en el suelo, temerosa de despertarle si se levantaba.

‎Allí se quedó inmóvil, sin atreverse a tocar con las ásperas manos la piel sedosa del querube, celando, vigilante, aquelle respiración, casi imperceptible, de la criatura nueva.

‎Las ascuas relucientes lanzaban una bocanada de humo blanquecino a tiempo que suspiraba Isabel con un ¡ay! largo y trémulo, colmado de añoranzas bellas y tristes.

‎Eran tales suspiros humo también, revelador de que aun ardían los amores en aquel viejo corazón, donde los sentimientos maternales tuvieron una hoguera encendida muchos años.

‎Isabel pensaba en su hijo, expatriado casi en la infancia perdido en esa terrible incógnita de "la banda de allá", ¡la temeraria aventura en que se hunden tantos niños españoles!.

‎Con los ojos abiertos sobre el calibo humeante de su llar, soñaba Isabel, y unas veces la sonrisa, otras el llanto, iban dando a su cara angulosa los matices de una varia expresión.

‎La dulce carga del nilo contribuye a sugestionar a la mujer con el ensueño de su dicha muerta, la evocación de aquellos dias hermosos en que mecía a su propio hijo, lleno de ilusión el cantar... Fueron los años del amor y la juventud que le hicieron mas amarguras las horas de la viudez y soledad, siempre anhelante por noticias del ausente, muerto o ingrato, sumido en el oscuro misterio de la emigración.

‎Cuando, al amanecer, se removió el niño, impaciente en el enfaldo de la anciana, estrechóle ella con solicitud contra su flaco seno de abuela, y le contó con la voz herida y endeble:

La Virgen del Rosario,
nuestra patrona,
tiene un niño en los brazos
que nos perdona...
Nea, nea...
oba, oba...

‎Adormecióse el pequeñuelo otra vez, y la vieja, al son de su cantarcillo, levantó el pensamiento hasta la Virgen, pidiéndole misericordia para la madre del niño abandonado. Un punzante asombro la embargada, considerando que existían mujeres capaces de enechar a sus criaturas, huérfanas y solas, por el mundo, habiendo en los altares una Madre santa con un Niño en el regazo, símbolo glorioso de la maternidad redentora...

‎Ya empiezan a sonar en los corrales próximos el canto de los gallos y el repique de las almadreñas. La anciana recoge al nene en su lecho, vestido con sábanas de algodón y telliza de percal. Diligente y cavillosa asómase a la calle.

‎Una vecina le dice, risueña:

‎— De mañana cantabas, Sabeluca; ¿era soñando?... Porque cantabas la oba...

‎Isabel la hace entrat en su cuarto y le muestra la ama.

‎— ¡Un niño!

‎— Si; un jayón.

‎— ¿Cuándo?

‎— Anoche, a toda ventisca le corrieron al pobre ángel le Dios; me sobresaltó llorando.

‎— ¡Y es galán el inocente!... ¿Qué piensas hacer?

‎— Declararlo a la justicia y sacar licencia para criarle.

‎— ¿Tú?

‎— Yo...

‎La noticia maravilló al vecindario

‎¡Sabeluca, la infeliz Isabel, iba a adoptar un jayón!

‎Era gracioso verla, tan triste y achacosa, mecer y cantar al ni´ño con entusiasmo. Su vocecilla, rota y débil, sonaba en el cortil a la par de la lluvia, como una mística letanía regada de lágrimas.

‎En los brazos de Isabel fué el chiquillo a bautizarse; ella le sirvió de madrina, y los curiosos que acudieron a presenciar la ceremonia, vieron a la anciana llorar en éxtasis delante de la Vírgen del Rosario.

‎Por la tarde, cuando la buena mujer se recogía a calentar al nene y a dormirle, sucedió una cosa pasmosa, que fué tenida como un prodigio.

‎Traía el cartero una carta para Sabeluca, ¡la carta esperada tantos años!

‎El papel milagroso daba noticias de regreso y de caudales; era un raro documento, signado todo con rasgos de alegría...

‎También aquella noche meció Isabel al jayoncito, de hinojos en el suelo; pero no abatió los ojos soñadores sobre el tuero rusiente del hogar: los puso con gratitud en una imagen de la Virgen de octubre, y desgranó sobre el ángel dormido las cuentas del salterio, alzando las avemarías al compás de la lluvia en sonata gozosa, a modo de canción...


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