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La medalla
| Cuentos escrito por Concha Espina |
| Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹) |

eregrinó mucho el poeta. En su vida errante de bohemio, brillaron fugitivas las horas de calma y prosperidad, leves jirones azules por los cuales se asomaba a esta vida el sol.
Fué agitada y triste la existencia de este hombre, que, rodando por el mundo, perdió la esperanza y la fe, malogró las ilusiones y la juventud.
Era pródigo y enamoradizo, caprichoso y mudable; naufragó en todas las empresas de la vida sin salvar más que su honra y su pluma.
Muchas veces fué pobre; había derrochado su patrimonio y esparcido con magnífica displicencia los montones de plata levantados triunfalmente por su arte; desconocía la industria crematística como casi todos sus hermanos en Apolo. Mas sabía permanecer indigente con mucha nobleza, sin dejar de ser nunca un gran señor, bien nacido en Cantabria, hidalgo como el rey.
No se había entristecido su numen en las nieblas del Norte, donde las musas le dieron alas para volar por el mundo entero; su numen era alegre, satírico y burlón; durante muchos años fué dejando en libros y en periódicos bellas páginas risueñas, tocadas suavemente de amargura.
En un azar de su camino este poeta veleidoso arribó a una playa tranquila y conoció al buen amor en brazos de una esposa; aquel tiempo era el jirón azul por el cual se asomaba sobre una vida el sol...
Del breve lazo de la boda, roto por la muerte sin piedad, quedó una niña como único recuerdo. Allí vivía, donde nadó, cobijada por los parientes de su madre, en tanto que el poeta, andariego y voluble, recorría el mundo cantando sus coplas.
Pero había bebido la esperanza en los ojos cándidos de la criatura, y con frecuencia volvía, sediento, a gustar el zumo suave de aquellas pupilas; así, durante veinte años, fué la hija para él como un altar donde consagraba su inspiradón.
Hasta que el capullo se convirtió en mujer sazonada por la inteligencia y la bondad.
A cada visita la encontraba el padre más encantadora, más seria y dulce. Muchas veces contemplándole ella con una mirada de inquietud, levantaba el pecho bajo la ola de un suspiro; en estas ocasiones buscaba sobre su corazón una hermosa medalla de la Virgen, compañera siempre de su vida, y se la presentaba al vate, suplicando:
— ¡Besa!
El escéptico se conmovía y besaba.
La paz de aquel amor le iba encalmando las pasiones y consolando las tristezas; un ansia infinita de reposo le empujaba los pensamientos hacia los jardines andaluces, donde aposentaba la ilusión, cuando llegó la muerte inexorable a señalar la frente de la niña.
Corrió desalado el peregrino a la cabecera de la moribunda, sin tiempo más que para ver una medalla amiga, rutilante, en una mano temblorosa, y para oír el gemido de una voz entrañada:
— ¡Besa!
El incrédulo, el despreocupado, besó con frenesí la pieza de oro donde brillaba la imagen de la Virgen...
Cayó después en una trágica desolación. Se pasaba los días mirando en éxtasis el retrato de la muerta, sobre cuyo pecho, entre las blondas gentiles de la mantilla andaluza, pendía el óvalo, constante compañero de una vida.
Aquella medalla vino a ser la obsesión del solitario. En el silencio de su pesadumbre le parecía que las alas inmateriales de una voz le rozaban el oído para decirle:
— ¡Besa!
Una mano apremiante buscaba con afán la santa reliquia pendiente ahora de un cuello inclinado hacia la tierra, y el triste rimador besaba con febriles transportes el disco rubio y piadoso...
Siguió el bohemio rodando por los caminos del Arte, rimando canciones, sacudiendo aún la melena ya palidecida bajo los soplos de la muerte, hasta que una noche la inclinó sobre la péñola rota.
Cuando la caridad preguntó por él, se había dormido para siempre, con la cara vuelta hacia el retrato de la niña andaluza, con los labios encima de la medalla de la Virgen.
En suelo extraño murió el poeta; en distante país la duíce imagen de su musa, envuelta en los pliegues de la mantilla española, luce sobre el pecho la devota reliquia mediante la cual el pobre vagabundo, hidalgo como el rey, pudo, acaso, redimir su alma derretida en un beso creyente y purificador...
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