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La virgen de las batallas

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Cuentos
escrito por Concha Espina
Madrid, 1922 ~ Ortografía original. ~ (¹)


La virgen de las batallas


la derecha de la imagen se yergue izada, a medio desplegar, una bandera roja y amarilla, que ofrece allí una evocación solemne, única y triste. Está agujereada por los balazos; tiene en la orla del sagrado tejido la flocadura cruel de los combates; unas manchas sangrientas la ennoblecen.

Y los peregrinos se postran en la Cueva, mirando con profunda veneración a la divisa y a la Señora.

‎Debajo de esta Gruta brama el río de Orandi, surgiendo misterioso en un torrente. Se perdió allí arriba, en el sumidero sagrativo de un valle, perforó el Auseva y le viene a rendir su tributo a la Virgen. Brota clamoroso, como una oración mucho tiempo contenida; dice todas las cosas inefables y extrañas que ha callado a través de las peñas.

‎Esta voz rugiente y fervorosa, traspasada de espumas y sollozos, se extiende por el monte de Pelayo con un acento que no se acaba nunca: es la plegaria eterna del paisaje el himno fuerte y bravío de Covadonga, cantando siempre en estas cumbres el romancero de los siglos españoles a los pies de la "Santina", a los pies, hoy, de una bandera.

‎No se oye casi el plañido de los rezos humanos; todo el aire está colmado por el grito de las aguas. Los devotos dirigen una súplica, el predicador levanta unas exhortaciones; hay unos cánticos perdidos en el estruendo del torrente; luego, la procesión alumbra sus antorchas por el túnel, sale a la explanada de la catedral y desaparece en el templo: la Virgen se ha quedado en la Gruta, sola con el río y la bandera.

‎Allí próximo está el sepulcro de Pelayo, mudo al socaire de la roca. Una verja tenaz le libra interiormente de los entusiasmos salvajes con que otras tumbas insignes se cubren de letreros, pero no evita que muchos peregrinos depositen en el nicho sus tarjetas ilustradas con ruegos, excitaciones y ansiedades:

‎— ¡Pelayo, levántate para darnos en Africa la victoria!

‎— ¡Caudillo, despierta, que te necesita España!

‎— ¡Libertador!, ¿qué haces?

‎— ¡Arriba, héroe, vencedor de los moros, ¿dónde estás?...

‎Bajo estas frases conminatorias y expresivas hay nombres de abogados y médicos, profesores y comerciantes, rentistas y otros varíadisimos ciudadanos. Cuando el sacristán limina el sepulcro del rey godo, lee las tarjetas y sonríe.




‎Hace años el regimiento de Covadonga volvía de Africa, bautizado con la sangre de sus guerreros, y desde Madrid, sin descansar de la jornada rudísima, envió a la Patrona su bandera en homenaje.

‎Dos compañías, al mando del coronel Feijóo, vinieron a presentar su regalo y le pusieron al pie del altar como una alfombra, tapando casi todo el suelo de la Cueva. Así estuvo durante las fiestas de la coronación nacional de la Virgen. Los soldados de Covadonga velaban de día y de noche, con espontánea solicitud, su enseña, que nunca se quedó sola con la Santa; de continuo los marciales uniformes dieron allí la emoción de una vigilia militar, perseverante y silenciosa, una guardia de reverencia y ternura sin ejemplo.

‎Se les había dado a los de Covadonga otra insignia a cambio de la suya, una tela bordada por las asturianas más ilustres, rica y joyante, apadrinada generosamente por dos próceres del antiguo principado. Se bendijo en la Catedral, se alabó en los discursos, se le publicaron fotografías en los periódicos... Pero los soldados adoraban a la compañera de sus luchas, al paño cruento, desgarrado por las balas y los caminos, sobre la hueste española.

‎Y cuando llegó el instante de partir, aquellos mozos aguerridos subieron á la Cueva por última vez, sin que nadie se lo mandara. No hubo despedida oficial, invitación ni propósito definido; los soldados, dispersos, anhelantes, iban a decir adiós a su bandera; la besaron, de rodillas; hicieron la señal de la cruz y bajaron los escalones de piedra limpiándose las lágrimas: todo en silencio, con una sinceridad viril, conmovedora.

‎Archivóse el donativo en el tesoro del santuario, entre el frío resplandor de las alhajas y el orden rígido de las curiosidades, hasta que la guerra sin fin con los moros nos trajo de nuevo la inquietud nacional, la pesadumbre de los desastres, el duelo por todos y cada uno de nuestros soldados que luchan y mueren.

‎Entonces la bandera del regimiento de Covadonga, rota y herida en las jornadas, salió procesionalmente de la Catedral, desplegada al viento en los riscos de Pelayo, y fué a posarse junto a la Virgen, como una plegaria largo tiempo contenida; el grito rojo, desgarrado de un inmenso corazón...




‎Hoy la "Santina" recibe las preces de su novenario; sale de la Gruta la procesión encendida en la tiniebla de la noche; el sacristán recoge en la tumba del rey los testimonios de visitas audaces, la conminación bélicos de unos romeros que rezan, llaman al caudillo, y se van a dormir tranquilamente...

‎La Virgen de las Batallas se queda otra vez sola con el río y la bandera, dos símbolos de cosas perdurables.

‎Y pensamos con infinita admiración en los soldados españoles que luchan y mueren en Africa, valientes, silenciosos y amantes como los que lloraban en Covadonga al despedirse de su bandera.

‎Alto, el fogaril de la Virgen es el único lucero de esta noche cerrada y oscura...


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>> FIN


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