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Impresiones americanas/10
| IX | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XI |
No se trata de ningún general chino más ó menos boxer, ni se trata tampoco del conflicto ruso-japonés.
San-Pi-Lo, sin embargo, es subdito del Celeste Imperio; y aunque no ha sido agraciado con la túnica amarilla ni con la pluma de pavo real, es todo un personaje capaz de precipitar un sangriento conflicto digno de desarrollarse bajo las murallas de Pekín.
Por su causa han venido una vez más á las manos los vasallos de la Emperatriz viuda y los no menos vasallos del Presidente Roosevelt.
Entremos en materia.
Hará cosa de diez años, desembarcó Chin-Pan-Li en un muelle de New York.
Algún tiempo después, á fuerza de trabajo, logró amasar una modesta fortuna que le permitió convertir en dulce realidad el sueño dorado de su vida, esto es: comprar el tren de lavado donde estaba empleado, convirtiéndose de humilde dependiente que era, en opulento dueño y señor.
Su vida se deslizó, desde entonces, sobre el mar bonancible de la prosperidad, iluminada por el sol esplendoroso de la dicha.
El establecimiento de Chin-Pan-Li marchaba viento en popa. Las camisas, cuellos, puños y camisetas afluían á sus lavaderos con consoladora regularidad.
Cuando llegaba el sábado, Chin-Pan-Li acostado en su tarima, envuelto entre las nubes azulosas del enervante humo de su pipa, contemplaba acariciándose la trenza á sus activos dependientes que llevaban y traían innumerables paquetes de ropa lavada y por lavar; y oía con esa sonrisa que inspira y dibuja la conciencia de la posesión, el repetido sonar de la campanilla que anunciaba la entrada de alguna cantidad en la caja de caudales.
Todo marchó bien hasta ayer. A las dos de la tarde, según costumbre, San-Pi-Lo, el empleado de confianza de la casa, salió á la calle cargado de líos y paquetes de ropa, que debía entregar á varios parroquianos.
San-Pi-Lo, á pesar de su nombre, era un buen chico. Jamás había dado que sentir.
Pero, donde menos se piensa nos sale al paso la Tentación. Y esta vez la Tentación se presentó ante el casto celestial bajo la forma irresistible de una chinita adorable; una Venus color de naranja, que parecía un bibelot.
Se vieron y se amaron.
— Chang-hung-ta-tun-la-o, dijo para sus adentros San-Pi-Lo; lo cual, traducido al castellano, bien puede significar:
— Me voy contigo, y ¡al diablo las camisas!
Poco tiempo después, entre los témpanos que obstruyen el Hudson, un observador hubiera podido descubrir varios líos y paquetes que se destacaban como puntos obscuros sobre la brillante superficie de los icebergs.
En la cubierta de un ferry-boat que se dirigía á Jersey, San-Pi-lo, acurrucado junto á su conquista, explicaba á ésta el argumento de Ki-ki-ri-ki, asegurándole que no tardaría en cantar el gallo, y entonando, con una ligera modificación en la letra, los couplets que dicen:
«El japonés es el mortal
más feliz y más jovial.»
La modificación consistía en que, en lugar de decir « el japonés », San-Pi-Lo decía « el chino », De esta manera el verso resultaba cojo; pero San-Pi-Lo no tiene pretensiones de poeta y su falta se le puede tolerar, sobre todo cuando consideramos que muchos vates que de tal se precian, no lo hacen mejor.
Entre tanto, el bueno de Chin-Pan-Li se impacientaba. A las seis de la tarde se presentaron en el establecimiento varios individuos reclamando sus camisas.
— No las tengo, respondió el chino. Las ha llevado San-Pi-Lo.
— Tú eres, sin embargo, responsable, gritaron los parroquianos.
— ¡Bueno!, se limitó á responder Chin-Pan-Li.
— ¡Mis cuellos postizos!, exclamó un individuo.
— ¡Mis camisetas!, gritó otro.
— ¡Mis camisas! ¡Mi chaleco blanco!, rugió un tercero.
— Devuélvenos lo nuestro ó te haremos encarcelar.
Creció el tumulto. La policía intervino. Llovieron planchas, tarimas y taburetes.
Llegó la ambulancia.
— Dos muertos y seis heridos, exclamó el médico.
— ¡A la cárcel Ching-Pan-Li! ordenó el juez.
Y allá, del otro lado del río, en un modesto hotel de Hoboken, resonaba algo parecido al canto del gallo:
Ki-ki-ri-kí! Ki-ki-ri-kí!!
New York, Febrero de 1903.