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Impresiones americanas/12

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XI Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
XIII


A. D. Una entrevista con la divina Sarah


‎ Madame Saráh Bernhardt es, sin duda, una gran artista. Tal vez sea la más notable de los tiempos presentes; acaso la más notable que ha existido.


‎ Ha sido reina, heroína, cortesana, santa y demonio (Cleopatra, juana de Arco, Margarita, María Magdalena y ... Sarah Bernhardt). Ha representado toda clase de papeles y encarnado toda clase de personajes; ha sido romántica y trágica, tierna y terrible.


‎ Y siempre, en todas las obras, en todos los escenarios, ante todos los públicos, ha demostrado ser una consumada artista y una admirable actriz.


‎ El timbre de su voz enamora, su sonrisa encanta, sus gestos enloquecen. Es irresistiblemente sugestiva y puede, á voluntad, hacernos amar, aborrecer, reir ó llorar.


‎ Lo que ella siente o afecta sentir, lo sentimos todos.


‎ No es joven ni vieja, ni hermosa ni fea; no tiene edad ni facciones: es más que una obra de arte, es el arte mismo: el arte encarnado en una mujer, en una mujer que fascina, que arrebata, que nos roba el corazón, el alma, la voluntad...


‎ Pero... oh mon Dien! pleurez, pleurez, mes yeux! esa diosa, ese ser adorable, esa supér-mujer, tiene un secretario particular! ... un individuo largo, negro, melenudo, cadavérico, mefistofélico, que responde al nombre teutónico-hebreo de Mayer, y que habla el francés con pronunciación marcadamente inglesa y el inglés con acento francés.


‎ Entre la Divina Sarah y el resto del mundo se levanta, inexorable y terrible, ese tétrico y enlevitado personaje, especie de monolito con patillas, monumento de vanidad é ignorancia, horrible cancerbero, tipo Svengali, personificación de la importancia y encarnación de la estupidez más supina.




‎ — ¿Tendría Monsieur Mayer la bondad de preguntar á Madame Sarah Bernhardt si se digna recibir la visita del señor Rafael Conté, periodista?


‎ A estas palabras, que pronuncié tan pronto hube correspondido á los saludos y reverencias del Secretario particular, contesto Monsieur Mayer en los siguientes términos:


‎ — Cómo! recibirlo á usted? pues ya lo creo! No tengo necesidad de preguntarlo. Madame no desea otra cosa, y no hay nada en el mundo que pueda serle más grato; pero ¿sería usted tan amable que me dijera el objeto de su visita?


‎ Después, con una elocuencia aterradora, Monsieur Mayer me explicó cómo estando él tan perfectamente identificado con Madame que sabía su manera de pensar y sentir en todos los actos de la vida, podía, sin duda alguna, contestar á cuantas preguntas pensaba yo dirigir á la divina Sarah, sin necesidad de que me molestara esperando á que ella estuviese en disposición de recibirme.


‎ Iba á contestar á esto, cuando el secretario, dándose una palmada en la frente, como quien ha encontrado una idea ó sentido la picada de un mosquito, exclamó:


‎ — Voilá! me parece que sería todavía mejor que usted escribiera el artículo, relatando su entrevista con Madame como si en realidad la hubiese celebrado. ¿Qué le parece el plan? Soberbio!, ¿verdad? Luego que haya redactado la interview; me puede traer las cuartillas para que yo quite ó ponga lo que sobre ó falte. ¿Qué tal?


‎ Y sonrió con cara de asno satisfecho.


‎ Yo le expliqué con toda la paciencia que el caso requera, que, en primer lugar, la voz de Monsieur Henri Mayer y la voz de Madame Sarah Bernhardt no erane xactamente iguales y que, por lo tanto, la conversación de él no podía serme tan grata como la de ella; que en segundo lugar, tal vez él, (Monsieur Mayer) había olvidado ciertas cosas que Madame de fijo recordaba, y por último, que yo deseaba tener una entrevista con la divina Sarah y no con su secretario particular.


‎ — Tres bien! ¿Se servirá entonces monsieur le journaliste venir al hotel mañana á las once de la misma?


‎ No necesito decir que fui puntual.


‎ El ciudadano Mayer — toujours vestido de negro — me recibió diciéndome que Madame no se levantaría hasta las dos de la tarde, y que debido á muchos compromisos sociales, que había contraído y los cuales ignoraba él la víspera, no podría recibirme hasta la noche siguiente, después del teatro.


‎ No quiero cansar al lector.


‎ Durante tres días luché en vano contra la burda, pero invencible estrategia de aquel espantapájaros ensoberbecido, que quería á todo trance convencerme de que «sería lo mismo» que yo celebrase la entrevista con él.


‎ Por fin, gracias á la oportuna intervención de Mr. Schubert, empresario de Madame Bernhardt, conseguí que la famosa artista me concediera una interview.


‎ Esta debía celebrarse la noche siguiente, á la terminación de la Dama de las Camelias.


‎ Al empezar la escena final de la obra, abandoné mi butaca, y fui á colocarme entre bastidores. Desde mi rincón, recostado en un lienzo de escena campestre, vi morir á Madame Bernhardt.


‎ Cayó el telón y la divina Sarah resucitó con facilidad pasmosa; se puso en pie de un salto y vino hacia mí, sin que ni en su rostro ni en sus movimientos se advirtiera signo alguno de fatiga ó decaimiento.


‎ Recordé entonces las historias que ha hecho circular Monsieur Mayer acerca de los terribles síncopes que sufre Sarah Bernhardt después de una escena trágica y violenta, y comprendí que el secretario particular, además de otras muchas cosas, es un solemne embustero. Sarah estrechó mi mano con gesto de marimacho y me indicó que la siguiera á su camerino. Pero no habíamos dado tres pasos cuando el eterno Mayer se colocó delante de madame; y haciendo una profunda reverencia le recordó que «el hombre del fonógrafo» la esperaba. Ella hizo un gesto de asentimiento y se dirigió en línea recta al fonógrafo; sepultó su rubia cabeza en la gran campana del aparato, y con voz vibrante dijo:


‎ «L Art et l amour sont les ailes que me porteront vers Dien».


‎ Estas palabras (once cabales) las pronunció con ese acento propio del que cobra un tanto" por ciento por cada record fonográfico que se vende, y sin la menor emoción.


‎ Se dirigió entonces á su camerino, invitándome á seguirla. Monsieur Mayer cerraba la marcha casi pisándome los talones. Entramos, y la Divina Sarah, con un movimiento de brazos, me indicó una silla. Hice una inclinación y abandoné la perpendicular.


‎ El camerino de la famosa trágica presentaba el aspecto ordinario de todos los camerinos de teatro; con las paredes tapizadas de un papel color salmón recién pescado y el piso cubierto con una alfombra tutti-frutti.


‎ El conjunto, sin embargo, no dejaba de ofrecer cierto aspecto artístico. La presencia de la gran sacerdotisa del Arte se advertía aun en aquel cuartucho mal construido y peor alhajado.


‎ El gran espejo colocado sobre el tocador había sido adornado con guirnaldas verdes y sobre la horrible mesa de centro, adquirida sin duda en Fourteenth street, la mano de la divina Sarah había colocado un primoroso bouquet.


‎ El mobiliario de la habitación era el siguiente: la mesa y el tocador á que ya hice referencia, un taburete turco, fabricado en Connecticut, una consola atestada de artículos de toilette, dos sillas, una ocupada por Madame y otra por mí, una poltrona de cuero, dos pequeñas banderas de seda (francesa y americana), un ramo de camelias y un cucurucho de bon bous.


‎ En el inventario se deben incluir además los siguientes objetos: varios baúles, muchos trajes y sombreros, cuatro pares de botas y zapatillas de mujer, las dos camareras de Madame, su peluquero Henri, su perro favorito, Loup, y Monsieur Mayer.




‎ Inicié la interview felicitando á Sarah Bernhardt por su admirable interpretación de Margarita Gautier. Ella me interrumpió vivamente:


‎ — Dígame, exclamó; ¿estaba bella? ¿lucía joven y hermosa?


‎ Con mucha diplomacia respondí que nunca me había parecido tan joven y bella.


‎ — Me alegro! respondió con ingenuidad encantadora; porque Margarita Gautier tiene necesariamente que serlo. De lo contrario no sería Margarita Gautier. No puede una tomarse libertades con heroínas de carne y hueso como la Dama de las Camelias. Cuando se trata de personajes imaginarios, ó de tipos como los de Cleopatra ó la Reina de Sheba, que nadie sabe cómo eran, entonces menos mal; pero la verdadera Margarita Gautier — es decir Marie Duplesis- murió hace sólo cincuenta años, y sólo tenía veintitrés cuando dejó de existir.


‎ Pregunté entonces á Sarah si ella copiaba exactamente, tanto en lo físico como en lo moral á Margarita, cuando ponía en escena La Dama de las Camelias.


‎ — Mais certainement!, replicó: Dumas hizo de ella un fiel retrato. Recuerde usted que al principio de su libro escribió: «No he llegado todavía á la edad en que se ve uno obligado á inventar sus novelas, y por lo tanto tengo que contentarme con narrar los hechos tal como ocurrieron en realidad. Esta es tina historia cierta, y todos los personajes que en el curso de la obra aparecen, con excepción de la protagonista, viven aún.


‎ Madame Bernhardt inclinó la cabeza y añadió:


‎ — Dumas debió haber agregado las siguientes palabras... «y de cuya historia el héroe soy yo».


‎ Recordé entonces que en más de una ocasión había oído decir que el verdadero Armando Duval no había sido otro que el mismo Alejandro Dumas (hijo), y pregunté á Madame Bernhardt si el gran novelista y autor dramático le había confesado alguna vez su participación en las aventuras verdaderas de la infortunada Margarita Gautier.


‎ Por toda contestación, la Divina Sarah tomó de la mesa un hermoso ejemplar del libro de Dumas, lujosamente encuadernado, y abriéndole por la página 212 me mostró dos cartas manuscritas.


‎ — Mire usted, me dijo, esta es la carta original de Armando Duval á Margarita Gautier, rompiendo sus relaciones.


‎ Hé aquí la carta:


‎ Mi querida Marte: No soy ni suficientemente rico para amarte como quisiera, ni suficientemente pobre para ser amado como quieres tú. Olvidemos, pues: tú un nombre que de hoy más debe serte indiferente y yo una felicidad que es ya imposible.


‎ «No tengo necesidad de decirte cuan apesadumbrado estoy, pues sabes cuánto te amo».


‎ «Adiós, pues. Tu corazón es demasiado grande para no comprender lo que me impulsa á escribirte en estos términos, y posees muy buen juicio para no perdonarme».


‎ «Mil recuerdos».

«A. D».


‎ «Agosto 30, á media noche. »


‎ La otra carta, dirigida á Madame Sarah Bernhardt, estaba concebida en estos términos:


‎ «Ma chere Sarah: — Permitime que te ofrezca un ejemplar de La Dama de las Camelias, de una edición agotada hace ya tiempo, y por lo tanto, muy difícil de adquirir. Lo que da más valor á este volumen, sin embargo, es la carta autógrafa que encontrarás en la página 212, el texto de la cual es casi idéntico al de la carta impresa en dicha página.


‎ «La epístola autógrafa fué escrita por el verdadero Armando Duval hace cerca de cuarenta años... lo cual no le rejuvenece. En esa época tenía la misma edad que tu hijo tiene hoy.


‎ Esa carta es el único recuerdo palpable que existe de toda aquella trágica historia, y creo que nadie tiene más derecho que tú á poseerlo, puesto que has sido tú la que has vuelto á la vida y á la juventud todo aquel dulce y triste pasado.


‎ Guárdala como un recuerdo de la deliciosa soiree del sábado y como una humilde prueba de mi gran admiración y de mi no menor gratitud.


‎ Te aplaudo con toda mi alma y te beso con todo mi corazón.


‎ Enero 28, 1884.»


«A. DUMAS, FILS.»




‎ Diez minutos más de conversación, y me retiré.


‎ Monsieur Mayer salió detrás de mí, conduciendo al perro, al que llevaba á la calle con objeto de que contraviniera una orden de la Junta de Sanidad.


‎ New York, Diciembre de 1905.