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Impresiones americanas/15
| IXV | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XVI |
Una compañía ferrocarrilera cuyos trenes hacen el servicio entre New York y St. Louis, « por la vía más corta, más económica y más rápida», acaba de obsequiarme con uno de esos preciosos folletos ilustrados, tan en boga entre los anunciantes americanos, y que sirven, al mismo tiempo, el doble propósito de anunciar la empresa y de dar al viajero una lección más ó menos necesaria de geografía.
En el folleto de que me ocupo, se admiran al primer golpe de vista varios grabados primorosos, que representan: el interior de un coche dormitorio durante el día; la biblioteca del tren; el salón de comer; la barbería; y la sala de recibo de un Pullman.
Contemplando esos dibujos le entran á cualquiera ganas de viajar.
En la biblioteca, un grupo de personas elegantes goza con la lectura de los periódicos del día, mientras que un camarero les sirve high balls y champagne.
En la barbería, varios pasajeros experimentan las delicias del shampoo y el massage, sin que corran peligro (¡por supuesto!) de que al barbero se le resbale la mano, debido al movimiento del tren.
En el coche dormitorio, todo el mundo duerme á pierna suelta, sin sufrir (¡pues no faltaba más!) las molestias del calor, las chinches y el ruido.
En la sala de recibo, se admiran mujeres muy bellas y elegantes y caballeros vestidos á la derniére.
Y, por último, en el comedor, se ven caras satisfechas, propias de Sherry ó Delmónico.
Les digo á ustedes que cualquiera se deja seducir, como me sucedió á mí, hace poco más de un año, cuando era corresponsal de este diario en New York.
La culpa la tuvo un picaro folleto por el estilo del que me sirve de tema para la crónica de hoy.
Quiero ante todo hacer constar, que yo, aunque me paso la mayor parte del tiempo viajando, jamás lo hago por placer, sino por necesidad imperiosa de mi profesión. Mi viaje de New York á St. Louis, sin embargo, fué única y exclusivamente de recreo; y de lo que entonces sufrí no puedo culpar á nadie, lo cual siento infinito, por aquello de que siempre es dulce tener á quien echarle la culpa de cuanto malo nos sucede.
Tan pronto hube pagado el precio del pasaje en la taquilla de la estación, el empleado puso en mis manos una tira de papel verde de dos varas de largo, que me fué arrebatada, al llegar al andén, por un portero. Este cancerbero uniformado, perforó la tira de papel en distintos sitios y me la devolvió. Al llegar al tren, otro empleado repitió la operación; y enseguida, precedido de un negro sirviente, vestido de blanco y con gorra semi-militar, hice mi entrada en el Pullman car, coche lujoso, verdadera obra de arte (una obra de arte en la que no hay sitio para poner la maleta).
El tren se puso en marcha, y á los pocos minutos tenía yo los ojos llenos de carbón. Me vi obligado á cerrar el ventanillo, y entonces por poco me muero de calor. De vez en cuando el negro pasaba junto á mí, armado de un enorme cepillo que me pasaba por los zapatos y la cara, y continuaba su camino, repitiendo á derecha é izquierda la misma operación con todos los viajeros.
A las ocho de la noche, a pesar de no tener sueño, el negro preparó mi litera y me ordenó que me acostara. Para lograr esto fué preciso que trajera una escalera, y gracias á ella y a una curva espantosa que ladeó completamente el tren, conseguí rodar sobre los colchones.
El techo estaba situado á media vara sobre el nivel de mis narices, y no me podía quitar la ropa. Por fin, después de grandes esfuerzos y acrobatismos maravillosos, logré despojarme victoriosamente del sombrero.
La noche fué deliciosa. Por el ventanillo, abierto, penetraban nubes de humo, carbón y polvo.
A las ocho de la mañana siguiente volvió el negro, y me ordenó que me levantara.
Con ayuda de la escalera y de una cabeza que asomó en la litera inferior, logré descender de mis alturas, y me dirigí al lavatorio, donde ya me tenían preparado el baño, consistente en un litro de agua, una tohalla y una pastilla de jabón.
Después, sintiendo apetito, llamé al negro y le pedí de almorzar.
— ¿Qué desea? me preguntó, mientras doblaba una sábana con manos y dientes.
— Huevos pasados, respondí.
— No los hay.
— Pues bien, dígame entonces lo que tienen aquí para comer.
— Oh! tenemos sardinas en lata, pollo en lata, pescado en lata, carne en lata, espárragos en lata...
— Llame usted al cocinero, le dije.
— Yo soy el cocinero, respondió.
— Y ¿con qué guisa usted?
— Con el abridor de latas! ...
Por fin!! llegamos á St. Louis.
Desde entonces tengo profundo terror á los viajes en tren.
Si tú, lector amable, sientes alguna vez deseos de viajar «con todas las comodidades modernas », puedes hacerlo sin salir de tu casa. Verás cómo:
No comes ni te bañas durante veinticuatro horas; te introduces tres ó cuatro pedazos de carbón en un ojo; tiras veinte duros por la ventana; ensucias un traje nuevo, y luego te acuestas en una tabla del escaparate.
Y habrás experimentado todas las delicias de un viaje en ferrocarril.
St. Louis, Agosto de 1904.