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Impresiones americanas/16

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IXV Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
XVI


El valor de un beso


‎ Dijo el poeta


  ¿« Qué por qué te quiero menos
« des que me diste aquel beso?
« Pues... por eso!! »


‎ Lo cual, traducido libremente á vil prosa, significa que, en opinión de ese vate, el beso debe considerarse como el principio del fin del amor.


‎ Byron, sin embargo, pensaba de muy distinto modo.


‎ « Cuando existe verdadera pasión, decía, el beso es un nuevo y poderoso eslabón, que hace más firme y resistente la cadena que une á dos seres que se aman.»


‎ Shakespeare pone en boca de lago lo siguiente:


« Todo en el mundo es burla y artificio:
« la lágrima y el beso,
« la piedad, el amor y el sacrificio.»


‎ Víctor Hugo ha llamado al beso «la más dulce gota de néctar contenido en el cáliz del amor».


‎ Difieren, pues, las opiniones de los poetas en un asunto de tanta importancia.


‎ Yo creo que debemos aceptar como bueno el parecer de Byron, que era perito en la materia, por haber besado durante su vida más mujeres hermosas que ningún otro vate de los que han existido hasta la fecha.


‎ Los americanos son de ese modo de pensar. Según ellos ... y ellas, el beso, lejos de contribuir al término de una pasión, es un incentivo del amor. Y tal vez por eso se besa tanto en este país.


‎ Ahora bien: es sabido que los yankees poseen gran espíritu investigador. Opinando todos que el beso era «una cosa buena», quisieron poner en claro qué clase de ósculos eran los mejores. Y el asunto fué sometido á sufragio.


‎ Las columnas de los diarios de la tarde se vieron llenas de opiniones durante dos meses. Unos se declararon partidarios del beso corto y sonado, otros del prolongado y silencioso; éstos declararon que una mejilla sonrosada era el lugar más á propósito para depositar el beso; aquéllos proclamaron las delicias de unos labios húmedos y temblorosos...


‎ Debo decir, en honor de los americanos, que la inmensa mayoría participaba de esta última opinión. Pero la minoría no se daba por vencida, y fué preciso que alguien tuviera una idea luminosa, para que se adoptase una resolución final.


‎ Esa idea consistió en proponer á los dos bandos contendientes un arbitraje. Aceptado por todos, se nombró juez á Byron.


‎ « Busquemos, dijo el autor del proyecto, entre las obras del malogrado poeta inglés, una opinión sobre el particular. Y prometamos someternos á ella sin replicar.


‎ ¡Qué homenaje tan merecido ala memoria del inmortal cantor de Childe Harold!


‎ Hé aquí lo que el poeta había escrito:


‎ « Nada tan grande, tan verdaderamente grande como un beso de amor! Ceñid con la diestra la cintura de la mujer querida, dejando que vuestro brazo se apoye sobre sus caderas. Su cabeza perfumada descansará sobre vuestro hombro, y su boca, de labios incitantes, murmurará una dulce provocación. Aspirad el aroma que se desprende de aquella carne joven, que palpita con estremecimientos de anticipado placer. Aproximad lentamente vuestros labios, encendidos por el deseo, á los suyos, calentados por el vaho de la pasión. Unidlos en un beso largo, prolongado, interminable y silencioso. Dad con ese beso vuestra vida y recibid la suya: confundid las dos existencias, y gozaréis del más grande é inefable de los placeres.»


‎ Cuando se publicó en los periódicos la opinión de Lord Byron, la discusión cesó, conviniendo todo el mundo en que el beso prolongado y silencioso era el mejor.


‎ Pero no pararon ahí las cosas. El espíritu investigador de los yankees los arrastró hasta establecer (¡horror de los horrores!) el valor legal de un beso en buena moneda de los Estados Unidos.


‎ Debo decir, antes de pasar adelante, que aquí los jueces y tribunales dan sus fallos sin ajustarse estrictamente á la letra ó el espíritu del Código (que tal cosa no existe después de todo) sino fundándose en el precedente que con una sentencia anterior haya establecido otro juez ó tribunal. Así, por ejemplo, de acuerdo con el fallo pronunciado por el magistrado Gordon, de Jersey, hace tres años, condenando á una compañía de tranvías á pagar tres pesos cincuenta centavos de indemnización á los padres de un niño de cinco años, que fué muerto por un carro, la vida de un muchacho de esa edad no vale más ante la Ley.


‎ Pero volvamos á los besos.


‎ Julia Atkins, que lleva sus treinta y dos años con tanta gracia y soltura como su petticoat de seda roja, acabado de salir de casa de Saks, se presenta ante el juez Black, de Albany, é interpone querella contra su ex-prometido, John Davis, por haberla engañado durante ocho años con falsas promesas matrimoniales, para abandonarla después y hacer la corte á otra joven de la misma ciudad. La demandante expone que durante esos ocho años, Davis la ha besado dos mil quinientas sesenta y ocho veces; que recuerda exactamente el número de besos recibidos, porque desde el primer día ha ido anotando, diariamente, en una libreta, los ósculos que Davis le daba.» Y que, «en vista de todo lo expuesto, la citada señorita Julia Atkins, por medio de Harold Mitchel, su abogado, que suscribe, pide á la corte condene al precitado John Davis, á pagar á la demandante la suma de treinta mil dollars, in gold coin of the United States of America», etc., etc., etc.


‎ Cuando se publicó esta demanda en los periódicos, la espectación fué general. Iba, por fin, á saberse el valor de un beso, según la Ley.


‎ El juez Black estudia detenidamente el caso; toma declaración á Miss Atkins, á Davis y á varios testigos, y sentencia condenando al novio calavera á pagar siete mil pesos de indemnización.


‎ El abogado Mitchel no se da por satisfecho; y hace presente á la Corte, que en 1858 un juez de Albany había condenado á un individuo á pagar á una señorita, á la que había besado trescientas veces, la cantidad de tres mil quinientos cuatro pesos, lo que quería decir, clara y terminantemente, que, en opinión de ese juez, el valor de un beso era de once pesos sesenta y ocho centavos, y que al pedir él (Mitchel) la cantidad de treinta mil do llar s por los dos mil quinientos sesenta y ocho besos recibidos por Miss Atkins, no hacía más que reclamar, por cada ósculo, la misma suma de once pesos sesenta y ocho centavos en que se habían avalorado los famosos trescientos besos de mil ochocientos cincuenta y ocho. El golpe era directo; y por un instante el juez Black no supo qué responder. Se repuso sin embargo y preguntó:


‎ — ¿Qué edad tenía la joven que recibió once pesos sesenta y ocho centavos por cada beso?


‎ — Diez y nueve años, repuso el abogado Mitchel.


‎ — Bien, dijo el juez. Las cosas son distintas y no veo motivo para variar mi decisión. Si un beso de diez y nueve años fué tasado en once pesos sesenta y ocho centavos, un beso de treinta y dos años no debe costar más de dos pesos y siete centavos. Sería gollería pedir más. Ratifico mi fallo.»


‎ New York, Noviembre de 1903.