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Impresiones americanas/18
| XVII | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XIX |
Nevaba copiosamente cuando salí de la redacción.
Dudo que ni aun mi propio hermano hubiera podido reconocerme, bajo los harapos que me cubrían.
Si se me permite la frase, diré que iba vestido correctamente. En todo, hasta en la podredumbre y la miseria, puede haber corrección.
Mi disfraz de mendigo era completo y perfecto. El Duque de Egipto de la Corte de los Milagros no habría vacilado en nombrarme presidente, ó vocal por lo menos, del tribunal que sentenció á Gringoire.
Al mismo tiempo, la barba crecida y el cabello desgreñado, me comunicaban cierto aspecto de bandido del Bowery, que debía facilitarme la entrada en determinados lugares, cuyas puertas jamás se abren ante los hombres de bien.
El director del periódico se limitó a darme á conocer el objeto que se proponía, sin añadir instrucciones, consejos ni dinero.
« El Presidente de las Asociaciones de Caridad de New York, me dijo, acaba de afirmar en un diario de la tarde, que en esta ciudad se puede vivir cómodamente sin gastar dinero y sin trabajar. Deseo obtener una buena información sobre ese particular; y he decidido enviarlo á usted, porque, á más de otras cualidades, conoce perfectamente varios idiomas, lo que ha de servirle de mucho, puesto que tendrá necesariamente que mezclarse con gentes de todas nacionalidades. No le facilito dinero alguno, porque va usted, precisamente, á tratar de vivir sin trabajar y sin gastar ni un centavo; y por lo que á recomendaciones y consejos se refiere, omito el dárselos, porque deseo dejar á usted toda la gloria del trabajo que va á realizar.»
Diciendo estas palabras, el director reanudó su interrumpido artículo de fondo; y yo salí á la calle con el sombrero calado hasta los ojos y las manos escondidas en los profundos bolsillos del gabán.
Me dirigí derechamente al Bowery; y cerca de la calle de Houston, sintiendo que el frío me mordía rabiosamente las orejas, entré en un barroom para calentarme.
Sentados ante una mesa había varios individuos jugando al poker y fumando plug-cut. A espaldas de uno de los jugadores, que tenía todo el aspecto de un honrado comerciante al por menor, observé una especie de gigante, que llevaba un traje mitad de marinero y mitad de bandido, el cual, sentado á horcajadas sobre un mugriento taburete, en cuyo respaldo reclinaba su enorme cabeza de galeote, parecía sumamente interesado en el juego. De vez en cuando tosía con violencia, escupía y se examinaba minuciosamente la garganta, con ayuda de un espejo, que siempre tenía el cuidado de colocar de tal modo, que reflejara las cartas del jugador que ante él estaba sentado.
Este último, ¡naturalmente!, perdía casi de continuo; y sin duda para hacer que cambiara la mala sombra que le perseguía, trasegaba á su estómago enormes schooners de cerveza, que el cantinero, antes de servirle, tenía buen cuidado de preparar.
Desde luego comprendí de lo que se trataba; y redoblé mi atención.
No tardaron los toughs en notar mi presencia, y molestándoles, sin duda, trataron de alejarme de allí.
Para conseguirlo dieron comienzo á una serie de maniobras, indudablemente hábiles, y que habrían dado el resultado que ellos deseaban, de no haberse tratado de un hombre que, como yo, estaba prevenido de antemano.
Después de media hora empleada por los loafers [1] en llamar mi atención hacia la calle, donde, según decían en voz alta, con el propósito de que yo los oyera, estaban riñendo á puñetazos Kid Murphy y Al Smith, notables pugilistas callejeros, uno de ellos, el del espejo, decidió emplear medios heroicos; y abandonando su ventajosa posición á espaldas del jugador á quien desplumaban, se acercó á mi mesa, y entabló conversación, empezando por el Hello Bill! de rigor entre esa gente.
Cuando supo que yo era Dan Barkett, de Buffalo, me dijo que él era Chic Latham, de Detroit. Pareció interesarse con el relato de mi viaje á pie desde Chicago á New York, y me ofreció un trozo de tabaco de mascar.
Después me felicitó, dándome un formidable puñetazo de admiración, por mi último robo en Newark. Tomé nota de que Bill Mc. Farland había sido reducido á prisión, por asaltar una casa el día anterior, y supe que el negocio no producía mucho en esos momentos, y que teníamos constantemente sobre los talones al Capitán Titus y sus sleuths [2]
— No todos los días, dijo, se consiguen fáciles como ése.
Y con un movimiento de cabeza señaló al confiado jugador.
— ¿Por qué no vas á ver á Joe? me preguntó. Él preparo un buen golpe para mañana. Puedes ser de la partida. Entre tanto puedes chuparle un poco á la ciudad.
Después me indicó el sitio en que podía encontrar á Joe.
— Dile que viste á Jim Frasser en Boston y que te recomienda Chic Latham. Joe te dará boletos de caridad. Oye! y no vayas á mover demasiado la sin hueso y á dejar que se te caigan los dientes. Don't squeal [3]. ¿Estamos? Tú sabes que Chic Latham es un hombre y que cumple lo que ofrece. Ahora toma un nickel para el banquete, y ¡lárgate! ¡Que no te vea por aquí otra vez!
Salí á la calle, dispuesto á cumplir al pie de la letra mi comisión. Por medio de los boletos de caridad que me daría Joe dormiría aquella noche en uno de los lodging houses que sostiene la ciudad, para albergar á los que de todo carecen, y que allí encuentran, por lo menos, un pan y un jergón.
Al empujar la puerta del barroom para salir, dirigí la vista al grupo de jugadores.
La víctima, el fácil, como Chic le llamaba, acababa de quedarse dormido.
El narcótico había producido su efecto.
Al siguiente día, probablemente, habría una viuda más en New York.
Joe me recibió con agrado, y luego que le hube manifestado el objeto de mi visita, me entregó un boleto de caridad, provisto del cual me presenté á las seis de la tarde en el lodging house de la calle Delancey.
Un grupo numeroso esperaba frente á la puerta á que dieran la orden de entrar. Este grupo estaba formado de hombres de todas las clases de la sociedad, que sólo guardaban entre sí una afinidad: la miseria. En los rostros de algunos se retrataban la cortedad y la incertidumbre propias de los que, como yo, acudían á ese sitio por vez primera. En los de otros, por el contrario, se advertía ese aire de seguridad, de firmeza, característico del asiduo parroquiano del lodging house.
Entre aquellos hombres había ladrones de oficio y ladrones de ocasión; mendigos profesionales y pobres vergonzantes; presidiarios cumplidos y futuros galeotes; empleados cesantes y vagabundos perpetuos; grandes dolores y cinismo repulsivo; ojos enrojecidos por el llanto y ojos enrojecidos por el alcohol; levitas convertidas en harapos y harapos hechos tiras; miradas sombrías fijas en un horizonte de sangre y miradas tristes vueltas hacia un pasado mejor; la aurora del delito y el ocaso del crimen; un estercolero de miserias fermentando en una charca de bajas pasiones!
Después de esperar cerca de media hora, se presentaron á la puerta varios empleados, vestidos con unos uniformes de color azul, bastante parecidos á los que usan los conductores de los tranvías, y el que parecía ser jefe dio la orden de entrar.
Se nos condujo, antes que nada, á una sala de grandes dimensiones, donde, obedeciendo el mandato de nuestros conductores, nos despojamos del traje, quedando completamente desnudos, pues hasta los zapatos nos hicieron quitar. Después nos llevaron al cuarto de baño, donde, á pesar de las protestas de algunos, nos obligaron á colocarnos bajo las heladas duchas. Se nos entregó entonces, á cada uno, un trozo de jabón fenicado y un cepillo de cerdas gruesas y ásperas. En seguida el Jefe del departamento ordenó que nos baldeásemos de firme (textual).
Había entre los bañistas algunos poco aficionados á la hidroterapia y á éstos se dirigían, por parte del empleado, algunas frases como ésta, dichas en slang: [4]
— Gwan, Bill! Yer scrub yerself hard, or I'll knock yer block off! [5]
Esta amenaza, repetida muy á menudo y seguida de vez en cuando de argumentos contimdentes, dio por resultado un afán de limpieza tal, que cuando salimos del baño estábamos todos blancos y relucientes como monedas de plata recién acuñadas.
A cada uno se nos entregó entonces una gran bata de felpa y un par de chinelas del mismo material.
En seguida fuimos conducidos al dormitorio, y á los cinco minutos muchos roncaban.
Las camas eran bastante cómodas, las sábanas limpias, y el local hubiera podido considerarse confortable, á no ser por un penetrante olor á materias desinfectantes, al que no podía uno acostumbrarse sin molestia.
A las cinco, despertados por el tañido de una gran campana, estábamos todos en pie.
Entonces se nos devolvió la ropa que teníamos el día anterior. Al ponerme la camisa noté que estaba sumamente húmeda, lo mismo que el resto del traje.
Hube de preguntar la causa, y se me dijo que, desinfectada la noche antes en una solución de ácido fénico (!) no había podido secarse completamente, á causa de la falta de carbón. Es de advertir que esto ocurría en los días tristes de la huelga de Pennsylvania.
Luego que estuvimos vestidos, se nos condujo al comedor, donde nos sirvieron un desayuno de pan y café.
Después, provistos de un boleto que daba derecho á dos comidas en alguno de los muchos restaurants que tiene establecidos en toda la ciudad el Departamento de Caridad, salimos á la calle.
Había cesado de nevar.
Recorrí el Bowery en todas direcciones; visité diferentes barrooms de esos cuya parroquia se compone principalmente de bandidos y mendigos, y en uno de ellos un jugador de poker que ganaba, me cbsequió con un vaso de cerveza y un trozo de tabaco, que tuve buen cuidado de convertir en algo parecido á picadura, que envolví después en el margen de un periódico. Aquel improvisado cigarrillo me supo á gloria, y durante diez minutos aspiré su aroma con verdadero deleite.
A las doce me encontraba en un fonducho de la calle Fulton, dispuesto á devorar, con apetito de veinticinco años, los manjares que graciosamente me proporcionaba el Departamento de Caridad.
« Sopa de lentejas; carne cocida; pan y café»: tal era el menú. Los platos estaban bien condimentados y las raciones eran abundantes. Salí completamente satisfecho del restaurant.
Hasta las cinco continué mi recorrido, y á esa hora, después de convencerme por experiencia propia, de que en New York se puede vivir sin trabajar, regresé á la redacción del periódico, y di cuenta de mis impresiones al director.
— Bien, me dijo: mañana trate de averiguar si es tarea fácil encontrar trabajo en New York.
En poco más de veinticuatro horas había logrado convencerme de que en esta gran ciudad se puede fácilmente vivir sin trabajar.
El Departamento de Caridad, que á más del apoyo decisivo del gobierno, cuenta también con cuantiosos legados y donativos particulares, dispone de vastísimos recursos pecuniarios para atender á los millares de desgraciados que pululan por las calles y plazas de la soberbia metrópoli norteamericana, sin otro techo que el cielo ni más alimento que un mal pedazo de pan.
Los lodging-houses y restaurants que tiene el citado Departamento á disposición de los necesitados, reúnen todos los requisitos indispensables de orden, limpieza y basta comodidad; y los que á ellos acuden encuentran siempre « el bocado y el nido» de que habla Poquelín de Moliere.
Debo decir aquí, sin embargo, que por las observaciones personales que en aquella ocasión, para mí memorable, hube de hacer, llegué á la conclusión, por demás dolorosa, de que al pobre, al verdadero pobre, lejos de ser beneficiosa, es perjudicial esa reglamentación de la Caridad.
Durante mi estancia de poco más de un día en el seno de aquella sentina humana, pude convencerme de que la inmensa mayoría de los que se aprovechan y viven de esa obra de misericordia con estatutos, son los que menos simpatías merecen y los que tal vez necesitan menos de que se les proteja y socorra.
Todos los días mueren de hambre en New York dos ó más personas.
Por regla general, esas víctimas de la miseria son jornaleros sin trabajo, padres de familia que, si estuvieran solos, podrían encontrar pan y albergue en alguno de los citados lodging-honses ó restaurants; pero que no pudiendo conducir á esos lugares á su mujer tísica y á sus hijos, anémicos y encanijados, prefieren permanecer junto á ellos y correr la misma suerte. La muerte sobreviene; el médico forense certifica las causas que la han producido; se les lleva á la Morgue y luego se les arroja á la fosa común. Ai siguiente día los periódicos publican cuatro renglones, ¡y se acabó!
Esos desgraciados luchan titánicamente para evitar lo inevitable. Empiezan por buscar trabajo: ¡no lo hay!; luego apelan a la caridad: en todas partes les dan con la puerta en las narices. Ningún habitante de New York se considera obligado á dar limosnas.
— « No tenemos necesidad de semejante cosa, dicen; para eso sostenemos un Departamento de Caridad.
Ahora bien: imagínese el lector un cuadro de miseria de esos que son tan comunes aquí. Un padre de familia que ve á los seres que ama sucumbir de inanición.
En la casa no queda ni un mal pedazo de pan; el frío es horrible, y no hay una hornilla con fuego ni una ventana que no esté desvencijada.
Ese pobre hombre lo que necesita para él y los suyos es un poco de alimento y un poco de carbón. Sus vecinos, sus semejantes, sus hermanos en Dios, son los que pueden facilitarle esos auxilios. Si acude al Departamento de Caridad, situado tal vez á enorme distancia de su casa, le darán un boleto personal para un lodging-house. Las personas á quienes se dirige, le vuelven la espalda. La familia aquella muere de hambre... aquí, en la rica, en la archi-millonaria New York!
En Cuba no está todavía organizada la Caridad. Y por eso se practica. En Cuba todo el mundo está siempre dispuesto á socorrer al necesitado. No así en los Estados Unidos.
El reglamentar las obras de misericordia, tal vez denotará el progreso de un pueblo, pero no denota su nobleza de alma.
Y yo me siento orgulloso de ser ciudadano del país que ha progresado menos, pero que, así y todo, es el mejor.
A las siete de la mañana di comienzo á mis pesquisas en busca de trabajo.
Por espacio de diez horas recorrí las calles de la gran metrópoli, y durante ese tiempo visité cuarenta y dos oficinas. En algunas (muy contadas) me preguntaron mi nombre y dirección, « para cuando ocurriera una vacante ».
En la mayor parte, sin embargo, ni siquiera quisieron recibirme.
A las seis de la tarde, cansado y con las esperanzas perdidas, regresé á mi casa, dispuesto á proseguir á la mañana siguiente, mi interrumpida labor.
No quiero cansar á mis lectores.
Básteles saber, que durante tres días hice publicar solicitudes en todos los periódicos neoyorkinos, que contesté más de cincuenta anuncios que en los mismos aparecían, y que no descansé un solo momento, buscando trabajo con tanto empeño como si en realidad lo necesitara.
Me ofrecía como traductor, taquígrafo, mecanógrafo, ingeniero, periodista, tenedor de libros, mecánico, carpintero, sastre, profesor de idiomas y farmacéutico. No me importaba decir que sabía ejecutar trabajos que ignoraba, toda vez que no pensaba aceptar ninguna colocación.
Recuerdo que en una casa comisionista me rechazaron, porque no « hablaba correctamente el castellano» (!!).
Un individuo, fabricante de cajas de hierro, me hizo sufrir un examen de media hora, con objeto de cerciorarse de si yo sabía barrer. Después me preguntó si hablaba francés y alemán.
Aunque conozco el primero, el segundo de esos idiomas me es completamente desconocido. Y con ese motivo, el fabricante de cajas de hierro ¡me rechazó!
En un taller donde solicitaban « un hombre vigoroso », me dijeron que no servía, porque mi estatura es solo de cinco pies once pulgadas y ellos querían un hombre que tuviera, por lo menos, seis pies.
En muchos lugares, donde me presenté á las siete de la mañana, me dijeron que había llegado tarde...
Después de tratar, infructuosamente, de colocarme, por espacio de tres días, regresé á la redacción, convencido de que en New York se puede fácilmente vivir sin trabajar; pero también convencido de lo difícil, lo sumamente difícil que se hace encontrar ocupación.
Por eso, hoy, cuando oigo á los felices decir: El que quiera prosperar, que trabaje! » me encojo de hombros y me echo á reir.
New York, Julio de 1903.
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