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Impresiones americanas/19
| XVIII | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XX |
Ya le tenemos aquí! Por fin llegó!
Me refiero á Su Magnificencia el príncipe Fushimi, del Japón.
Hizo su entrada en New York escoltado por un piquete de policías municipales, rodeado de detectives del Central Office y seguido de un ejército de secretarios, dependientes, ayudantes, criados, repórters, curiosos, adulones, desocupados, autoridades civiles y militares y una inmensa muchedumbre de limpia-botas y vendedores de periódicos, que agitaban pañuelos y sombreros y gritaban: ¡Banzai!
De la estación se dirigió en línea recta al hotel Saint Regís, que es diez veces más lujoso y más caro que el Waldorf Astoria.
Para que mis lectores puedan formarse una idea aproximada de la suntuosidad de dicho hotel, básteles saber que la cama que se ha destinado al príncipe costó diez mil pesos, y que la habitación de menos precio del establecimiento cuesta ciento setenta y cinco duros diarios de alquiler.
Nota bene: En el hotel Saint Regis no hay nunca cuartos desocupados. ¡Así es New York!
Entretanto, los pobres se mueren de hambre y carecen de carbón!
¡Así también es New York!
Volvamos al príncipe Fushimi.
Ha venido á los Estados Unidos, como enviado especial del Mikado, á desempeñar una comisión de la mayor importancia; y el Ayuntamiento neoyorkino lo ha nombrado huésped de honor de la ciudad, y el Gobierno de Washington, huésped de honor de la nación.
¡¡¡Banzai!!!.
Si digo que Su Alteza tiene cara de diablo, les aseguro á ustedes que mi intención no es ofender á nuestro distinguido visitante.
Es la pura verdad. En mi vida he visto rostro más parecido al de un Mefistófeles de escenario. Por lo demás, el príncipe es de elevada estatura (lo cual es muy raro entre los japoneses) enjuto de carnes, de mirada penetrante y aire distinguidísimo.
Más que un príncipe, parece un rey; y en su presencia siente uno ganas de saludarle con un ¡Banzai á Vuestra Satánica Majestad!
Acompañan á Su Magnificencia (como antes dije) muchos secretarios, dependientes y domésticos de todas clases. Desde el encopetado valet de chambre hasta el humilde muchachillo que da lustre á las botas del señor.
Todos estos criados y dependientes y secretarios, podrían pasar muy bien por hermanos del príncipe, debido á lo mucho que, físicamente, se le parecen, y á que todos se visten de la misma manera, esto es: levita Prince Albert, pantalón claro, botas charoladas y sombrero hongo, ó como decimos en Cuba: bombín.
Nada más difícil que celebrar una entrevista con Su Alteza. Y no porque el distinguido japonés se niegue á recibir á los periodistas, sino á causa de las muchas precauciones de que le rodean sus acompañantes y las autoridades americanas. En sus soberbias habitaciones del Saint Regis, el amarillo potentado está tan bien guardado y puede considerarse tan seguro, como Napoleón en su tienda de campana, en medio de los cuadros de la Guardia Imperial.
Sin embargo: á pesar de saber yo todo esto, y acaso por lo mismo, pues nada me seduce tanto como vencer dificultades, decidí celebrar una entrevista con el príncipe, quien de fijo habría de decirme algo interesante que comunicar á los lectores de este diario.
A las dos de la tarde me presenté en ese palacio soberbio, maravilloso, que se llama el hotel Saint Regis.
Junto á la gran escalera central, y cerca de los ascensores eléctricos que conducen á las habitaciones de Su Suavidad (uno de los títulos del príncipe, ¡palabra de honor!) se habían estacionado más de veinte individuos de su servidumbre. Estos señores son los bípedos más amables y bien educados que habitan el cuarto planeta del sistema solar. Creo que llevan su discreción al extremo de pedirse perdón á sí mismos cuando se permiten soñar en voz alta.
Entregué mi tarjeta á un criado del hotel, que la tomó con aire protector; me examinó de pies á cabeza varias veces, se fijó en mi alfiler de corbata, como queriendo cerciorarse de que no era una perla de pasta de arroz la que lucía en mi flamante ascot (comprada la víspera y con motivo de la visita, en casa de Duroc); penetró con la mirada hasta los forros de mi cravenette, con objeto de ver si eran de seda; del abrigo pasó á los zapatos: notó que el pantalón era de lana escocesa, que los guantes eran negros, y que en sus botones de cobre dorado se leía: Fownes-Paris, y sonrió como diciendo: Viene usted como debe. En seguida colocó la tarjeta en una pequeña bandeja de oro, y después de dirigir una mirada al reloj de ónix, de ocho mil pesos, colocado sobre la escalera, tal vez para asegurarse de que no podía ser arrancado fácilmente de su alveolo, partió á cumplir su comisión. A los cinco minutos regresó acompañado de un individuo vestido de negro, que traía en sus manos mi tarjeta y la examinaba con detenimiento. Cuando este hombre estuvo junto á mí, empezó á interrogarme:
— ¿Quién es usted?
— La tarjeta lo dice — repuse: un periodista. ¿Y usted?
— El sargento de detectives Funston.
— Servidor de usted.
— ¿Para qué quiere ver usted al príncipe?
— Para dirigirle algunas preguntas.
— ¿Acerca de qué?
Aquí de mi inventiva, pienso yo. Y respondo sin vacilar:
— Acerca del efecto que ha causado en el Japón el movimiento de los zemstvos.
El policía hace una mueca de mal agüero. Comprendo que he cometido una tontería, y me apresuro á añadir.
— También deseo preguntarle lo que opina sobre el Cuerpo de Policía de New York.
— ¿Y publicará usted lo que el príncipe le diga?
— Desde luego.
El detective se vuelve al criado y le dice:
—Conduzca usted al caballero á presencia de Mr. Nakoto.
Ascendemos la gran escalera, y pronto tropezamos con el primer centinela japonés. Mister Nakoto, que es el hombre más fino del mundo, me pregunta en un inglés pésimo, que haría enrojecer de vergüenza á un habitante de Boston:
— ¿Desea usted ver al príncipe, caballero?
— Sí, señor- si es posible.
— Su Alteza será muy feliz con su visita. Yo me pongo orgulloso, y pienso en lo fácil que resulta hacer la felicidad de un príncipe japonés.
—Sí — añade mi amabilísimo interlocutor — usted es el primer periodista que le visita desde su llegada á New York, y no dudo que Su Magnificencia lo recibirá con agrado. ¿Es que desea usted celebrar con él una interview?
— Ese es mi objeto; pero si tal cosa le desagrada...
— Oh! no. Qué disparate! Su Suavidad tendrá mucho gusto.
Luego me mira con sus ojillos de almendra, y hace un gesto significativo, en el que leo claramente estas terribles palabras:
— Hemos terminado! Ahora, márchese usted por donde vino.
— Es que yo desearía — me apresuro á decir- ver al príncipe hoy mismo.
— Ah ! — replica mister Nakoto, — entonces vea usted á mister Satsuma.
— Y, ¿donde encontraré á mister Satsuma?
— En el corredor; á dos pasos de aquí.
Prosigo en la dirección que me indica, y no tardo en descubrir la segunda avanzada japonesa.
{{tipo4|— ¿Mister Satsuma? — pregunto. }ç
— El mismo, — contesta sonriendo un japonesito muy simpático. Y añade: ¡Sea usted bienvenido! ¡Desea usted ver á Su Grandeza?
— Sí, señor.
- Pues bien, aguarde un instante. En este momento le acaban de servir el té.
Permanezco en el corredor cerca de quince minutos; y ya empiezo á impacientarme, cuando mister Satsuma, que me dejó al pronunciar sus últimas palabras, regresa y me dice:
— Siga usted por todo el corredor, tuerza después á la derecha, y allí encontrará...
— ¿Al príncipe? — pregunto.
— No, señor, — responde con su eterna sonrisa — á mister Fukashuka. El le indicará lo que debe hacer.
Me dan ganas de volverme, cansado de aquella odisea; pero me contiene la creencia que abrigo de que la entrevista con el príncipe puede resultar de gran actualidad é interés. Obedezco, pues, las instrucciones que se me han dado, y pocos instantes después recibo el saludo de mister Fukashuka.
Las mismas preguntas:
— ¿Desea usted ver al príncipe?
— Sí, señor.
— Pues aguarde un momento. Está tomando una taza de té.
— ¡Cómo! ¿Otra vez? — exclamo sorprendido.
Después que Fukashuka me hace esperar diez minutos, tengo que sufrir los saludos y los interrogatorios de mister Kiú-ku.
Luego los de mister Kumotashuma, y los de mister Shikoko, y los de mister Pokato, y los de mister Yedoki, y los de mister Ricikiax; hasta que ¡por fin! rendido, jadeante, incapaz de ordenar ni mis ideas ni mi traje, hago mi entrada en la regia cámara de Su Alteza Imperial.
— En Cuba — digo, inclinándome ante Su Suavidad, — hay grandes simpatías por los japoneses, y todo el mundo desea que venzan á los rusos.
— Me alegro, — contesta el príncipe— de saber que se nos quiere tan bien.
Intento dirigirle otras preguntas; pero no doy con ninguna que pueda interesar al príncipe á á los cubanos.
Entonces, por primera vez, caigo en la cuenta de que las simpatías que por el Imperio del Sol Naciente alientan mis paisanos, y el gran interés que en nuestra patria despierta la guerra ruso-japonesa, son sentimientos tan ridículos como infundados, puesto que nada, absolumente nada hay de común entre los dos pueblos, y ningún lazo nos liga al Japón.
Si se tratara de Francia, Inglaterra, Alemania... de la misma Rusia, pienso, no me faltarían preguntas que dirigir á un representante de cualquiera de estas naciones en el curso de una entrevista. Un ruso, por lo menos, me podría decir algo interesante acerca del gran movimiento liberal de los zemstvos ó, en último extremo, algo no menos interesante acerca del libro que acaba de publicar Tolstoi. Pero, un japonés, ¡Dios mío! ¿qué puede decirme un japonés que sea leído con interés por los cubanos?
Cuando, todavía confuso y atolondrado, salí del Saint Regís, una duda cruel me atormentaba:
¿Sería, después de todo, el genuino, el auténtico príncipe Fushimi aquel caballero alto, flaco y amarillo con quien acababa de hablar?...
New York, Diciembre de 1904.