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Impresiones americanas/20

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XIX Impresiones americanas
escrito por Rafael Conte Mayolino
XXI


¡Viva la paz!


‎ ¡MISERABLE!


‎ ¡Canalla!


‎ ¡Cobarde!


‎ ¡Ruin!


‎ Después se produjo un espantoso ruido de cristales que se rompían; algunas sillas describieron en el aire caprichosas parábolas, yendo á estrellarse contra cabezas ensangrentadas. Se oyeron voces femeninas que pedían socorro y gritos de macho enfurecido que clamaban venganza.


‎ El escándalo llegó á su colmo cuando resonaron dos ó tres detonaciones de revólver. Acudieron á toda prisa los empleados del establecimiento.


‎ Se llamó á la policía; se hizo venir una ambulancia.


‎ La escena que acabo de describir ocurrió ayer en un hotel de esta ciudad.


‎ Cuando los agentes del orden trataron de averiguar lo ocurrido, no les fué posible hacerse entender de los beligerantes, ninguno de los cuales hablaba inglés. Los médicos estuvieron ocupadísimos durante una hora, vendando cabezas y remendando sangrientos agujeros.


‎ El propietario del hotel, entre tanto, examinaba los desperfectos causados en su inmueble, y daba las órdenes oportunas para que se llamase al ebanista, al carpintero, al cerrajero, al vidriero, al albañil y al pintor.


‎ En poco más de diez minutos los señores del número 38, nombre bajo el cual eran conocidos en el establecimiento los héroes de la gran batalla, habían destruido cuatro ventanas, seis sillas, una mesa, dos sillones, un escaparate, dos puertas, un palanganero, dos lámparas, un servicio de porcelana, dos botellas de cristal tallado, un reloj de pared, una mampara de cristales finos, algunos pies cuadrados de alfombra de Bruselas, dos cortinas de damasco y un gran lienzo de pared... sin contar, por supuesto, varios desperfectos menores, tales como el destrozo de unos cuadros y la completa destrucción de un esquinero lleno de bric-a-brac.


‎ Como que los repórters americanos (dando prueba de muy buen sentido) no publican en los periódicos la descripción técnica (¿se dice así?) de las heridas, como por Cuba se acostumbra, no puedo precisar cuántos de los combatientes «presentaban: heridas como de tres centímetros, producidas por instrumento perforo cortante, que interesaban la piel, tejido celular y penetraban en la cavidad toráxica» y también ignoro cuántos de ellos «presentaban contusiones de segundo grado en la región malar».


‎ Pero sí puedo asegurar que todos los señores del número 38 estaban hechos una lástima, y que al que no le habían hinchado un ojo le habían magullado la cabeza.


‎ Luego que los facultativos terminaron la primera cura, los beligerantes fueron conducidos á la estación de policía, y allí, con ayuda de varios intérpretes, se les interrogó.


‎ — El capitán del Precinto: ¿Porqué riñeron ustedes?


‎ — Los señores del número 38: Por un altercado que sostuvimos con motivo de ciertas diferencias de opiniones.


‎ — El capitán: ¿Es que ignoran ustedes que en los Estados Unidos se castiga con mucha severidad á los que se pegan?


‎ — Los señores del 38: Nosotros somos extranjeros.


‎ — El capitán (dirigiéndose á uno): ¿De dónde es usted?


‎ — El interpelado: De Suiza.


‎ — ¿Y usted?


‎ — De Alemania.


‎ — ¿Y usted?


‎ — Italiano.


‎ — ¿Y usted?


‎ — Ruso.


‎ — ¿Y usted?


‎ — De Francia.


‎ — ¿Y usted?


‎ — Yo soy del Japón.


‎ — El capitán (dirigiéndose al más estropeado de todos, cuyo rostro desaparece completamente bajo una enorme máscara de gasa): ¿Y usted de dónde es?


‎ El interpelado, que no puede hablar, se vuelve de espaldas penosamente, y muestra al capitán los restos de una trenza.


‎ — Ah! ya caigo, dice sonriendo el policía: usted es chino. Y, vamos á ver, añade: ¿cuál es la ocupación de ustedes? ¿qué han venido á hacer á la exposición de St. Louis?


‎ — Los señores del número 38 (con gran solemnidad): Nosotros somos delegados al Congreso Internacional de la Paz. (!!!)


‎ St. Louis, Septiembre de 1904.