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Impresiones americanas/21
| XX | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XXII |
Nos encontramos ¡por fin! en plena Primavera; y las hermosas avenidas del Central Park empiezan á cubrirse de una bóveda soberbia de verdor.
En las esquinas de las calles, las vendedoras de flores han reemplazado á los vendedores de castañas. Los carros que se empleaban para trasportar carbón, se pintan y se arreglan para la conducción de hielo. En los sombreros femeninos, las rosas sustituyen á las plumas y la paja al castor.
En el jardín zoológico, los leones, panteras, leopardos y jirafas se muestran satisfechos; los osos, en cambio, empiezan á gruñir malhumorados. Las calles, cubiertas de hielo hasta hace tres semanas, están ahora cubiertas de fango. Al hockey, lacrosse y ajedrez ha seguido el base ball.
El azul ha reemplazado al gris.
New York se cubre de flores y verdura. Parece un sombrero de mujer.
...Y, aprovechando la buena época, se ha casado Reginaldo Vanderbilt.
Vanderbilt es uno de nuestros más famosos archi-millonarios y de nuestros no menos famosos archi-cretinos. Ha nacido en New York, debiendo haber nacido en el valle de Aosta, en Coria, ó por lo menos en Batabanó.
Pertenece á esa pléyades de jóvenes potentados que se pasan la vida rompiéndose la crisma en automóviles, montando á caballo y jugando al golf y al lawn-tennis.
Y es más soberbio y orgulloso que un rey. Verdad que él también es rey... de oros.
Pues, como iba diciendo, se casó. Costó la ceremonia más de cien mil pesos. Solamente en flores se gastaron cuarenta y ocho mil. Para limosnas no se dedicó dinero alguno. ¿Qué pueden importarle los desgraciados á todo un Vanderbilt?
Aquel mismo día fueron llevados á la Morgue tres cadáveres encontrados por la policía en la calle. Según los médicos forenses, aquellos infelices habían muerto de hambre.
Y, contraste singular: después del banquete con que obsequió Vanderbilt aquella noche á sus amigos, uno de los comensales murió de indigestión.
La víspera de la boda, paseaba el joven millonario con su futura, por una de las principales calles de Newport.
Cuando digo que «paseaba», se entiende que iba en coche. Los millonarios jamás van á pie. Eso es demasiado vulgar: y demasiado saludable también. Y un millonario no puede ser saludable. Necesita gota y dispepsia para tener más impreso en el rostro, amarillento y ojeroso, el sello de la distinción.
Al llegar frente al Casino de Newport, varios fotógrafos apuntaron sus cámaras á Vanderbilt y su compañera.
Un retrato de millonario casadero se paga siempre bien. Aquellos fotógrafos pensaban tal vez ganarse honradamente unos cuantos pesos, vendiendo á los periódicos ilustrados «la última fotografía de Vanderbilt antes de casarse». Pero el joven millonario no estaba de humor; y apenas vio las cámaras dirigidas á él, detuvo el carruaje, saltó á tierra y la emprendió á latigazos con el retratista que más cerca se encontraba, gritando furioso mientras le cruzaba el rostro con la fusta:
— «¡Perro! ¡perro! Toma esto, para que tengas la osadía de retratarme !»
El pobre fotógrafo, sobrecogido de terror ante los golpes del iracundo potentado, clamaba por ayuda. Un agente de policía que se encontraba cerca del lugar acudió presuroso, empuñando el club, dispuesto á castigar severamente al atrevido que así se tomaba la justicia en su mano. Pero al llegar junto al coche, cambió por completo de actitud. Su rostro rubicundo de policeman se transformó en rostro degenerado de lacayo: sintió que su uniforme se convertía en librea; dejó caer el garrote que blandía, y se quitó el sombrero con humildad.
Había reconocido al millonario.
— ¡Señor! murmuró.
Y le dio la razón.
Y reprendió severamente al fotógrafo.
Y acarició al caballo que tiraba del carruaje.
Y ofreció mil excusas á la futura Mrs. Vanderbilt.
Y enrojeció de orgullo cuando el potentado le dio dos golpecitos en el hombro.
Y estamos en los Estados Unidos.
Y ¡Viva la Libertad!
New York, Abril de 1903.