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Impresiones americanas/23
| XXII | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
XXIV |
El tiempo estaba hermoso, la temperatura deliciosa; y Bransfield se dijo:
— Vamos á hacer una visita á mi amigo Smith.
Salió á la calle y apenas hubo llegado á la esquina sintió un mareo.
Y se metió en un barroom.
Continuó su camino y á los pocos momentos, ¡zas! otro mareo (como el personaje delicioso de La Cara de Dios). Y entró en otro barroom.
A las dos ó tres cuadras, un nuevo mareo y un nuevo barroom.
Y así, de barroom en mareo y de mareo en barroom, llegó Bransfield á casa de su amigo Smith, dando unos pasos tan extraños que parecían los movimientos de un caballo de ajedrez.
Smith, que había cometido la tontería de casarse la semana anterior, estaba en la sala en compañía de su esposa.
Al ver á Bransfield en aquel estado, sintió nacer en su corazón la envidia y ¡catapún! él también se mareó.
Media hora después, la luna de miel de Mistress Smith, habíase trocado en desenfrenada bacanal.
— ¡A tu salud, amigo Bransfield!
— ¡A la tuya, amigo Smith!
— ¡Una copa más! ¡A la salud de mi esposa!
— ¡Otra copita! ¡A la salud de tu primer hijo!
— ¡Y del segundo!
— ¡Y del tercero!
— Venga más whiskey! ¡A la salud del Almirante Dewey!
— ¡Y de Roosevelt!
— ¡Y de Parker!
— ¡Por el Partido Republicano!
— ¡Por los demócratas!
— ¡Viva Bryan!
— ¡Viva Me Kinley!
— !Y Lincoln!
— ¡Y Napoleón!
Pocos minutos después, Smith, tendido en la alfombra, roncaba como un órgano, con la cabeza sobre los restos de un pastel y un pie dentro de la escupidera.
Aunque borracho perdido, Bransfield comprendió que podía procurarse lecho más comodo que su amigo, y se acostó en una cama, teniendo por almohada á la mujer de Smith.
« Y allí durmió las horas sin medida
del ocio y el placer...»
como dice Núfíez de Arce en su inmortal París. y de allí lo hizo levantar tres horas después el dueño de la casa, y de la cama, y de la almohada, que armado nada menos que con ¡una puerta! la emprendió á golpes con el intruso.
El desventurado Bransfield se echó á la calle perseguido por el ultrajado esposo, que se entretenía en estropearle la anatomía á portazos.
La situación del pobre diablo era tan agradable como la de cualquier Yamagata que se viera perseguido en un desierto de la Manchuria por una sotriia de cosacos de Mistchensko.
Se presentó por fin un policía que puso paz entre los beligerantes, y esta mañana los dos comparecieron en una corte de esta ciudad ante el juez correccional. Después de oído el caso con toda la atención que merecía, el magistrado (aquí le llaman «magistrado» á cualquier Pitchér de barrio), pronunció la siguiente sentencia:
— Condeno á Bransfield. á cinco pesos de multa, por emborracharse ; á cinco pesos más por ir á tentar á Smith á que se emborrachara; á cinco pesos más por desnudarse en casa de Smith; á cinco pesos más por salir á la calle en panos menores. Y á Smith lo condeno:
A cinco pesos, por emborracharse; á cinco pesos por facilitarle whiskey á Bransfield; á cinco pesos por pegarle á éste; á cinco pesos por promover escándalo en la vía pública, y á que indemnice, además, al propietario de la casa, por haberle roto una puerta.
Bransfield pudo pagar sus multas y quedó en libertad.
En cuanto á Smith, no pudiendo hacerlo, tuvo que ingresar en la cárcel.
Y para que su pobre mujercita no sufra durante su ausencia y se tranquilice, le escribió la siguiente carta:
« Querida mía: Como carezco de dinero para pagar las multas que me han sido impuestas por el juez, me llevan á la cárcel. No quiero que estés sola en la casa, y por eso he suplicado al portador que permanezca en ella durante mi ausencia. Ya conoces al portador. Es mi querido y buen amigo ¡¡¡ Bransfield !!! »
Es casi seguro (digo yo) que Smith romperá otra puerta tan pronto quede en libertad.
St. Louis, Julio de 1904.