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Impresiones americanas/7
| VI | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
VIII |
Hoy han observado los norteamericanos, con el fervor religioso y buen apetito de costumbre, el día designado por el Presidente Washington en famosa proclama, para dar gracias á Dios y comer pavo.
No me atrevería á asegurar que todos los yankees han comido pavo; pero sí puedo afirmar, sin temor de equivocarme, que todos, absolutamente todos, han hecho presente su agradecimiento al Criador.
Muchos de los que han dado gracias no tendrían, probablemente, motivo para hacerlo; pero ¡qué quieren ustedes; así son los hombres!
Y aun los más perseguidos por la adversidad, aun aquellos que si la blasfemia no fuera de tan mal gusto, tendrían derecho á blasfemar, han elevado hoy sus preces al Altísimo: han dado gracias á la Divina providencia, que si bien los ha tratado mal durante un año... podía haberlos tratado peor!
Y hoy, precisamente, he tenido ocasión de comprender hasta qué punto llega la miseria humana.
En el presidio de Sing-Sing, á donde fui esta mañana, con objeto de visitar á un pobre diablo que cumple condena por haber herido, en reyerta, a un hermano de su mujer, he presenciado una escena lastimosa, horrible; un espantoso cuadro de miseria y abyección.
Aunque no existe ley alguna relativa á la manera como deben observarse los días de fiesta nacional en las penitenciarías del Estado, es costumbre, en Thanksgiving y en Christmas, suspender los trabajos y dar á los presos una buena comida, endulzando así, en parte, las amarguras de la prisión.
Hoy, día en que todo el mundo come pavo, también lo han comido los desgraciados que gimen en las celdas de Sing-Sing.
A las once, hora señalada para servir el rancho á los presos, el Alcaide, en cuyo despacho me encontraba en aquellos momentos, me invitó cortésmente á que le acompañara en una visita de inspección á la penitenciaría, á lo que accedí con sumo placer.
Los confinados, en sus limpias y ventiladas celdas, saboreaban en silencio, y salvo contadísimas excepciones con excelente apetito, una suculenta comida, compuesta de sopa, pavo relleno, legumbres, pastel de manzanas, pan y café con leche. Ante aquel espectáculo me sentí hondamente conmovido; y estrechando la mano del Alcaide, le felicité por sus generosos y humanitarios sentimientos.
— Los pobres diablos, me dijo, sufren ya bastante por sus culpas careciendo de libertad. Es justo, pues, proporcionarles una ó dos veces al año, algún aliciente que haga más llevadera su estancia en presidio.
Después que recorrimos la penitenciaría en todas direcciones, llegamos á un corredor largo y estrecho que á pesar de no ofrecer en su construcción nada que lo distinga de las otras galerías, inspira al visitante desde el primer momento, cierto terror involuntario.
Hasta que llegamos allí habíamos hablado en voz alta. Tan pronto penetramos en aquella galería, el Alcaide guardó silencio. Yo, sin poder explicarme el motivo, no osaba despegar los labios.
— ¡La Cámara de Muerte! — me dijo al oído mi conductor.
Experimenté una fuerte sacudida que estremeció todo mi cuerpo.
Allí, en aquellas celdas, guarnecidas de gruesos barrotes de acero, se encontraban los desgraciados condenados á la silla eléctrica, que dentro de breves días (de breves semanas á más tardar) tienen que morir.
Allí estaban todos: Patrick, un abogado distinguido, condenado á muerte por envenenador; Tobin, un mozo de café que cortó la cabeza á un parroquiano y trató luego de quemar el cuerpo en la estufa. Nueve individuos ocupaban la Cámara de Muerte... si es que puede darse el nombre de « individuo » á quien tiene contados los minutos que le separan del terrible no ser.
Y á pocos pasos de ellos, en un saloncito situado al final del corredor, se destacaba el espantoso aparato de muerte (la silla eléctrica) monstruo de madera y hierro, que es a la Ley lo que al asesino el puñal.
Aquellos nueve desgraciados no habían sido olvidados en el sombrío banquete con que obsequiaba á sus presos el Alcaide de Sing-Sing. Ante ellos estaban colocados, simétricamente, los manjares que componían su última comida de Thanksgiving.
Pude observar que ninguno probaba bocado.
Contemplaban con mirada vaga los platos, y se pasaban la mano por la frente, como para alejar un recuerdo tierno, pero terrible para ellos en aquel momento: el recuerdo de idénticas fiestas celebradas en días venturosos en el feliz hogar!...
Uno de ellos, sobre todo, llamó mi atención: el envenenador Patrick. Hombre culto, de maneras distinguidas, perteneciente á una familia, prominente de la sociedad neoyorkina, parecía encontrarse allí fuera de lugar. Su presencia en la Cámara de Muerte parecía un contrasentido. Más lógico hubiera sido verle, el día de Thanksgiving, pronunciando un brindis elocuente en un banquete del Waldorf Asteria.
El, por su educación, por su cultura, se podía dar cuenta más exacta de su terrible situación que sus compañeros de infortunio, seres ignorantes, bestias con rostro humano, criminales casi irresponsables.
Condenado á muerte por los hombres, abandonado de Dios, Patrick sabe que tiene fatalmente que morir.
... Y sin embargo, al aproximarnos á su celda, lo encontramos de rodillas frente á la mesa,
¡DANDO GRACIAS AL CRIADOR!
New York, Noviembre de 1903.