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Impresiones americanas/8
| VII | Impresiones americanas escrito por Rafael Conte Mayolino |
IX |
Esta mañana, después de leer la prensa y enterarme de que los turcos habían asesinado á cerca de cincuenta y nueve mil millones de macedonios, sentí grandes deseos de dedicar una correspondencia á los sucesos de Turquía.
Pero me vino á la memoria una recomendación del Director de este periódico: Que procure siempre tratar asuntos genuinamente americanos. « El Corresponsal, dice, sólo debe ocuparse de los acontecimientos que tengan lugar en el país donde reside.»
Entonces sentí grandes deseos de ser vecino de Constantinopla ó de Monastir.
¡Ah! pensé, si yo tuviera algunos años más de práctica periodística, no sería obstáculo el encontrarme tan lejos de la Sublime Puerta para hablar de lo que allí ocurre como si viviera á media cuadra del harem del Sultán.
Yo he conocido colegas que el lunes celebraban una entrevista con Gladstone, en Londres, y el miércoles aplaudían á la Melba en New York. Pero esa ubicuidad sólo puede adquirirse después de largos años de experiencia. Para estar dotado de ese precioso don, es preciso ser periodista antiguo ó ser Dios. Y yo no soy ni Dios ni antiguo periodista... ¡¡Ni falta que me hace!!.
Pero, ya fuera de un modo ó de otro, tenia que dedicar esta correspondencia al Trace fiero. Tenía que hablar de Turquía, como si allí viviera; pero sin salir de Manhattan Island.
Eran entonces las diez. Y me dije:
« Si logras hacer el viaje á los dominios del cínico Abdul-Hamid y estar de regreso en New York á tiempo para enviar tu crónica al correo antes de las once de la noche, serás un chico de pro ».
Media hora después, me paseaba con las manos en los bolsillos y una pipa de aromático tabaco levantino entre los labios, por las sucias y angostísimas calles de la decrépita Stamboul.
Por las aceras, estrechas y desiguales (casi tan malas como las de la Habana), transitaban centenares de seres harapientos y desgreñados; jornaleros que parecían mendigos y mendigos que parecían espectros. Por sus rostros y el idioma que hablaban entre sí, se comprendía desde luego que eran turcos; pero su indumentaria distaba mucho del traje del creyente de Allah.
Y pensé en Alfonso Daudet. « Quitad al turco su turbante y dejará de ser turco. »
Esos mahometanos vestidos á la europea me robaban gran parte de mi ilusión.
Aquello era Turquía, sin embargo.
Una Turquía en pequeño, una miniatura de la gran metrópoli de Solimán. Era el Battery Dan: el barrio turco de New York. De vez en cuando, entre turco y turco, asomaba su cabeza roja un borracho irlandés: como complemento de un Allkabaher resonaba un Bygosh! Sobre algunos edificios, al lado de la media luna, tremolaba el shamrock de Irlanda.
Aquello no era la Turquía europea, ni la Turquía asiática: era la Turquía irlandesa, la cual es muy digna de estudio, y de la que, probablemente, muy pocos de mis lectores habrán oído hablar.
A las doce entré en el café de Asam. Los platos que allí se sirven, condimentados á la turca, son sumamente agradables al paladar. Por lo demás, no tienen nada de particular. En muchos restaurants de alto copete he visto (y lo que es peor, ¡comido!) (¡Pobre de mí!), manjares mucho más extraños y probablemente más peligrosos, que los que me fueron servidos en casa de Asam. Debo confesar, que aunque mi apetito, á esa hora sobre todo, es invariablemente bueno, lo que más me interesaba en aquellos momentos no era comer, sino enterarme de lo que comen los turcos.
Y dejándome arrastrar por mi fantasía, imaginaba que iba á participar de un festín misterioso. Hubo un momento en que llegué á creer que me servirían algún macedonio á la vinagreta, ó un estofado de armenio con salsa griega.
Y, ¿lo creeréis? Por vez primera me sentí caníbal; comprendí por un instante las delicias de la antropofagia; y de buena gana hubiera dado un mordisco á cualquiera... aun á la monísima hija de Asam, que me servía, sonriendo picarescamente, y haciendo brillar con malicia otomana sus ojazos negros, bajo los artísticos pliegues de su albornoz.
Pero me equivoqué de medio á medio. El cocinero de Asam, maestro en su arte, regaló mi paladar con manjares inocentes y nutritivos. Su guisado de carnero, su tortilla de setas y su arroz con pollo, eran idénticos á los que os pueden servir á vosotros, allá en la Habana, en cualquier restaurant.
Y respecto á platos misteriosos, al salir del café hube de confesarme, que en cuanto á misterios culinarios, los turcos no han llegado todavía á la perfección misteriosa de nuestros cocidos y ragouts.
Me sirvieron el café. Puro Moka. En tacitas que podrían servir de dedal.
Después que hube terminado, hice llamar al hostelero, al formidable Asam.
Y de codos sobre la mesa, fumando ambos nuestras retorcidas pipas y aspirando con deleite el aroma de ese delicioso tabaco de Levante, cuyo humo, antes de penetrar en los pulmones del fumador, pasa por una vasija primorosa de agua perfumada con esencias orientales, hablamos largo rato de los asuntos del día.
Cuando le interrogué acerca de los sucesos de Turquía, encogióse desdeñosamente de hombros y contestó: « Eso no tiene importancia. Hablemos, si á usted le parece, de las próximas elecciones para Alcalde de New York.»
Y añadió: «A mí me tiene sin cuidado lo que ocurre en Turquía. Yo soy ciudadano americano, buen demócrata y pienso votar por Tammany. »
Abandoné el barrio turco, subí por la calle Rector hasta Broadway y llegué á Wall Street.
Allí, todos los corredores y banqueros, americanos de pura sangre, no hablaban de otra cosa que de los asesinatos de Monastir.
« Mandaremos la escuadra, decían. Turquía desaparecerá del mapa de Europa. Sus crímenes no pueden continuar...!
Y en mis oídos resonaban aún las palabras del turco Asam:
A mí me tiene sin cuidado lo que ocurre en Turquía. Yo pienso votar por Tammany Hall...»