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Oasis
En fin, alma ya estamos de nuevo en el oasis,
Por hoy no lleves más
Tus pesadas alforjas ; vayamos a la acequia,
Respirando frescura, delicia es descansar.
Poco a poco olvidemos las pesadas arenas
Y el azote del sol ;
La luz cayó al abismo del poniente, y el véspero
Pasa sobre las cosas como una bendición.
La cabeza apoyada sobre las piedras húmedas,
Por la quietud del bosque me dejaré arrullar ;
Oiré toda la noche cantar en mis oídos
El susurro sedante del claro manantial.
Sus gotas cristalinas dibujan en mi frente
Una diadema real,
Y salpican mi cuerpo con líquidos diamantes
De trémulo brillar.
Cuando salga la Luna, su rayo al irisarlas
En mil piedras preciosas las ha de convertir,
Y quedaré cuajada de topacio y zafiro,
De esmeralda y rubí.
Cuando salga la Luna,
Por la gracia del alto reflejo tutelar,
Seré, bajo las palmas, una reina dormida
Como en la maravilla de algún cuento oriental.
Una calma sin limites planea sobre el mundo.
En el ancho jardín
Del cielo, donde mueren las rosas vespertinas,
Finas flores de plata se empezaron a abrir.
Los astros, como pájaros, huyen si sienten ruido.
En la paz del desierto descienden sin temor,
Y quedan suspendidos en el silencio inmóvil
Enviando su accesible y extraña irradiación.
Alma mía, escuchemos : relatan las estrellas
La confidencia eterna del mundo sideral.
Oyendo cómo fluye la voz del infinito,
Acaso lograremos un instante olvidar
Que este oasis es breve, como una bella frase
Que interpone su miel,
Entre el párrafo árido que escribirá el futuro,
Y el párrafo larguísimo de la angustia de ayer.